Nune, los pasos de cebra

Hay tardes que a Nune le caen como amenazas. Percibe en ellas el asomo de la melancolía, de las viejas retrospectivas donde no sale bien parada. Las ve venir. Presiente que si no hace nada para evitarlo, cualquier indicio insignificante va a romper el cristal de fondo poco a poco y sin hacer ruido, hasta precipitarlo todo sin remedio. Si eso pasa entonces la niebla ya se habrá instalado, no habrá lugar para esquivarla, y solo desaparecerá al día siguiente, o al otro, o al otro.

Nune conoce el proceso. Es duro, es triste, es cansado. Y se apresura a evitar que ni siquiera empiece. La estrategia que más le funciona (aunque, como las otras, no sea infalible) es la cuestión de los pasos de cebra. El juego de los pasos de cebra, lo llama. Un sistema de compensaciones entre motores de coches y estados de ánimo que, inexplicablemente, resulta en experiencias sorprendentemente divertidas.

La acción es sencilla. Se trata de cruzar pasos de cebra, muy atenta a hacerlo justo cuando pase un coche, para forzarle a que pare. En el instante previo a que el conductor detecte su presencia, Nune aplica una suerte de lotería del ánimo, y adopta el que en ese momento el azar le sugiera. Si elige el enfado, camina con pasos agresivos y movimientos de cuello violentos. Si ha elegido la calma, entonces cruza con lentitud contemplativa. Si opta por el miedo su andar es esquivo, dubitativo, y alterna miradas a un lado y al otro, como si algo terrible fuera a suceder.

Soberbia, timidez, seducción, ofuscamiento. Nune interpreta diferentes papeles como si fuera una actriz, y el paso de cebra su escenario. El objetivo entonces es detectar la reacción del conductor. Es la siguiente fase del juego. Para ello Nune se prohíbe a sí misma estudiar el rostro del conductor; el método no debe ser visual, sino auditivo. Después de que haya cruzado parcial o completamente, el coche volverá a poner la primera marcha y arrancará para seguir circulando. En ese momento Nune concentrará toda su pericia en analizar cuál ha sido esa reacción, únicamente a partir del ruido que emita el coche.

Es sorprendente la cantidad de sutilezas que esconde el sonido de un motor cuando retoma su marcha. La potencia utilizada para introducir la primera, la suavidad en el uso del embrague, o la manera en que se cambia a la segunda marcha. Cada tiempo usado entre acción y acción es una elección que da información a Nune. Si un coche arranca explosivamente, está iracundo, o tiene prisa. Si el arranque es agresivo pero la marcha es corta, quizá ello albergue contradicciones. Si el arranque es lento pero mantiene cierta constancia, puede haber aprobación, quizá empatía. Si el coche permanece inmóvil un instante más de la cuenta, sin duda hay estupefacción, incomprensión.

Aún más sorprendente que la agudeza con que Nune capta los detalles es la diversión que le producen. Cuando el coche ya se ha marchado y ella termina su análisis, se la ve siempre sonreír. A veces lo hace con afecto, a veces con estrépito. Mide la reacción del conductor y la compara con su actuación, en búsqueda de conexiones que la acompañen. Después de un paso de cebra se dirige a otro, después a otro, y después a otro. Si todo ha ido bien cuando llega la noche regresa a casa. Enciende la luz del flexo con que ilumina su estudio, y se inventa historias sobre los conductores. 

Sin embargo nunca termina sus relatos, y los deja abiertos a posibilidades futuras. Quién sabe cuándo cualquier tarde vuelva a caerle como una amenaza.