Lulo, un Tetris

Que la vida es un Tetris le parece a Lulo un modelo interesante. Al fin y al cabo, vivir se parece a veces a colocar piezas tratando de formar combinaciones hermosas, que tanto pueden simplificar las cosas y darnos puntos, como resultar en marañas incomprensibles que llegan a estresarnos con la amenaza de un Game Over definitivo. Ocurre también que nos creemos la fantasía de sentirnos dueños del desarrollo del juego, cuando es irrefutable que el azar juega un papel determinante. Una objeción lúcida en cambio, sería argumentar que, al contrario que en el juego, quizá las piezas caigan con más lentitud a medida que pasan los años. Sin embargo, Lulo sostiene que el principal inconveniente de la metáfora reside en la banda sonora. Esa melodía rusa enfermiza e inquietante debiera ser cambiada por una mezcla heterogénea de músicas cambiantes, a veces pacificadoras y placenteras, a veces exultantes o armoniosas, o a veces incluso silentes, como si algo o alguien decidiera que durante un tiempo ya no deben caer más piezas, en una especie de pausa durante el juego, de calma después de la tormenta, de paz antes de la batalla.

Nune, las conversaciones

El conflicto de Nune en las conversaciones era complejo. Por una parte, analizaba las frases que escuchaba desde un punto de vista estrictamente semántico, como si todo pudiera deducirse de la literalidad. En esa actividad encontraba intersticios donde se divertía, insinuaciones que se desviaban, contrasentidos, o informaciones que aparecían veladas. Era, por así decirlo, un ejercicio puramente mental. Sin embargo, no podía evitar fijarse también en todo aquello que llaman el paralenguaje: las modulaciones de la voz, la gestión de los silencios, el peso asignado a cada palabra. Si la conversación era un diálogo y el tema se mantenía constante, la lectura resultaba más o menos sencilla. Era en las conversaciones de grupo donde la multiplicidad de variables y giros temáticos lo complicaba todo. Si solo se fijaba en los matices, entonces tenía la sensación de que había una segunda conversación detrás de la verbal. Ese pozo sin fondo de los afectos era sin duda mucho más interesante, pero también más difícil. Por eso a ratos volvía a los otros análisis, los que no se movían del plano racional, no solo para tomar aire y descansar, sino a menudo también para no perder el hilo. Era, en definitiva, una escucha atenta y al mismo tiempo dispersa, que andaba frívola sobre lo racional, y concienzudamente empática sobre lo emocional. El único momento en que todos los canales se cerraban era cuando le tocaba intervenir. Rechazada la posibilidad de hablar y escucharse al mismo tiempo, encontraba también fascinante la elección de sus propias frases. Desde el enfoque mental se preguntaba de qué lugar exacto provenían sus palabras. Desde el emocional pasaba lo mismo. De vez en cuando asomaban a su discurso luces, sombras o reflejos que aún no había percibido. Tanta riqueza en las lecturas, tanta profundidad en las interpretaciones, terminaban dejándola satisfactoriamente exhausta. Afortunadamente, la comunicación entre personas era una fuente de conocimiento que no daba indicios de tener fin.

El señor Sú, las dedicatorias


Esta canción se la dedicamos a Juan, que estuvo ahí cuando todos pensaban que solo podíamos dedicarnos a la petanca; a Baldiri, que siempre tuvo una palabra amiga aunque las cosas salieran desastrosamente mal; a Rebeca, por su kit de supervivencia en situaciones inhóspitas; a Luis, que nos sacó del peor de los malentendidos con un único y despreocupado abrazo; a Jonas, que sirve los mejores tequilas de toda Nicaragua; a Petit, que supo siempre reconducirnos por los caminos que a todos nos convenían; a Paula, cómo no dedicarle a Paula almenos un ínfimo porcentaje de todo lo que ella nos ha dedicado a nosotros; al padre de Rubén, por llevarnos aquella noche de infierno de Noviembre al pub irlandés más roto de Barcelona; a Brenda, por sus clases de inglés entre despedidas y reencuentros; a Leandro, por su interminable y esperanzadora verborrea...

Y en fin, sucedió que así, poniéndose a dedicar, dedicaron la canción a todos sus contactos y a todas sus relaciones generando una enciclopedia de las dedicatorias, algo así como una biblioteca de Babel de las dedicatorias o una sucesión de Fibonacci de las dedicatorias o, en definitiva, una infinitud de comparaciones de lo metafóricas que pueden pretender ser las dedicatorias hasta el punto de llegar a compararlas con las propias dedicatorias en una especie de autoreferencia entre dedicatorias y comparaciones de dedicatorias con sujetos y escenas de dedicatorias, rizando el rizo hasta cerrarlo en una última y definitiva dedicatoria que debería dedicarse a sí misma la última de las comparaciones de dedicatorias, una dedicatoria que sería tan sencilla que bastaría con decir Basta, no dedicamos esta canción a nadie, negamos el concepto de dedicatoria y rehusamos su ejercicio de una vez por todas como si fueramos el más terco Bartleby y abandonásemos muy de repente la actitud dedicatoria para entrar también muy de golpe en un estricto y espeluznante silencio con el que, de paso, estaríamos expresando sin vergüenzas, etiquetas o prejuicios, la más indómita e inclasificable dedicatoria que jamás se le haya dedicado a una comparación de dedicatorias dedicadas a escenas y relaciones de dedicatorias ni, por supuesto, a ninguna dedicatoria.

Lulo, la erudición ajena.

Cuando Lulo leía a esos autores que saben tanto de literatura, que dan referencias y símiles de otros textos y otros autores, muy a lo Borges, o Vila-Matas, topaba siempre con el punto de análisis de la ignorancia, del asentir casi temerario, cuando uno cree que aprende, cuando en realidad solo observa. Con esos autores la lectura era más un proceso de análisis que de gozo -por así decirlo- y se sentía gravemente inferior. Ese era, de todas formas, el principal aliciente pues, ¿quién no vierte su arrogancia cuando lee, cuando escucha historias ajenas, más ávido de empatizar con la propia experiencia, que pendiente de los nuevos aprendizajes? Lulo era egocéntrico y egocentrista, como todos los que acuden a las conversaciones deseosos de participar, más que de escuchar. Y por eso en aquellas dosis de intelectualidad pasiva obtenía el placer humilde del alumno, la mano en el pecho que sosiega, la brisa silente que enmudece.

El señor Sú, la magia, y el ritmo al que suceden las historias reales

Tampoco parece demasiado irresponsable pensar que nos limitamos a ser sentencias dejadas ir, combinaciones verbales expulsadas de algo o de alguien, como voces lanzadas al aire a la espera de ser recogidas, las más afortunadas también amadas. Yo, que cuando comprendo nunca lo hago en silencio, he dejado ir (a veces resulto incomprensible, también lo sé) tantos vectores, que si es verdad que un atractor (este sí, silencioso) lo está esperando todo en algún lugar de entre todas las bibliotecas, entonces al menos por un instante (ese magnífico centro que, también lo sé, ni siquiera es probable que exista) no escucharé otro lenguaje que el sentir, que el sentir como si todo mi ser se concentrara en un levísimo acceso que me respirase, o en una de esas carcajadas implícitas que suceden en los ojos, o quién sabe (y qué más da, ponerse ahora a definirlo), como si fuera de verdad cierto todo aquello que se queda siempre fuera de las palabras.

Nune, los pasos de cebra

Hay tardes que a Nune le caen como amenazas. Percibe en ellas el asomo de la melancolía, de las viejas retrospectivas donde no sale bien parada. Las ve venir. Presiente que si no hace nada para evitarlo, cualquier indicio insignificante va a romper el cristal de fondo poco a poco y sin hacer ruido, hasta precipitarlo todo sin remedio. Si eso pasa entonces la niebla ya se habrá instalado, no habrá lugar para esquivarla, y solo desaparecerá al día siguiente, o al otro, o al otro.

Nune conoce el proceso. Es duro, es triste, es cansado. Y se apresura a evitar que ni siquiera empiece. La estrategia que más le funciona (aunque, como las otras, no sea infalible) es la cuestión de los pasos de cebra. El juego de los pasos de cebra, lo llama. Un sistema de compensaciones entre motores de coches y estados de ánimo que, inexplicablemente, resulta en experiencias sorprendentemente divertidas.

La acción es sencilla. Se trata de cruzar pasos de cebra, muy atenta a hacerlo justo cuando pase un coche, para forzarle a que pare. En el instante previo a que el conductor detecte su presencia, Nune aplica una suerte de lotería del ánimo, y adopta el que en ese momento el azar le sugiera. Si elige el enfado, camina con pasos agresivos y movimientos de cuello violentos. Si ha elegido la calma, entonces cruza con lentitud contemplativa. Si opta por el miedo su andar es esquivo, dubitativo, y alterna miradas a un lado y al otro, como si algo terrible fuera a suceder.

Soberbia, timidez, seducción, ofuscamiento. Nune interpreta diferentes papeles como si fuera una actriz, y el paso de cebra su escenario. El objetivo entonces es detectar la reacción del conductor. Es la siguiente fase del juego. Para ello Nune se prohíbe a sí misma estudiar el rostro del conductor; el método no debe ser visual, sino auditivo. Después de que haya cruzado parcial o completamente, el coche volverá a poner la primera marcha y arrancará para seguir circulando. En ese momento Nune concentrará toda su pericia en analizar cuál ha sido esa reacción, únicamente a partir del ruido que emita el coche.

Es sorprendente la cantidad de sutilezas que esconde el sonido de un motor cuando retoma su marcha. La potencia utilizada para introducir la primera, la suavidad en el uso del embrague, o la manera en que se cambia a la segunda marcha. Cada tiempo usado entre acción y acción es una elección que da información a Nune. Si un coche arranca explosivamente, está iracundo, o tiene prisa. Si el arranque es agresivo pero la marcha es corta, quizá ello albergue contradicciones. Si el arranque es lento pero mantiene cierta constancia, puede haber aprobación, quizá empatía. Si el coche permanece inmóvil un instante más de la cuenta, sin duda hay estupefacción, incomprensión.

Aún más sorprendente que la agudeza con que Nune capta los detalles es la diversión que le producen. Cuando el coche ya se ha marchado y ella termina su análisis, se la ve siempre sonreír. A veces lo hace con afecto, a veces con estrépito. Mide la reacción del conductor y la compara con su actuación, en búsqueda de conexiones que la acompañen. Después de un paso de cebra se dirige a otro, después a otro, y después a otro. Si todo ha ido bien cuando llega la noche regresa a casa. Enciende la luz del flexo con que ilumina su estudio, y se inventa historias sobre los conductores. 

Sin embargo nunca termina sus relatos, y los deja abiertos a posibilidades futuras. Quién sabe cuándo cualquier tarde vuelva a caerle como una amenaza.

Lulo, las teleseries.

Lulo se presenta una tarde de septiembre en las oficinas de un canal de televisión para proponer que, por sorpresa, en uno de los capítulos de su serie más popular, no suceda nada. Su idea es que, la serie, habitualmente llena de tramas, intrigas y giros argumentales, se transforme durante un capítulo en una representación del vacío, de la rutina, de la ausencia de emociones.
-Se trata de mostrar lo que pasa cuando no pasa nada -les dice.
Su propuesta es rechazada de inmediato. Ningún espectador va a aceptar que su dosis diaria de entretenimiento se vea sustituida por una serie de secuencias deliberadamente desprovistas de interés.
-No escribimos guiones para que los telespectadores se aburran -le dicen.

De camino a su casa después de la corta e infructuosa entrevista en las oficinas del canal de televisión, Lulo piensa en su idea. La visualiza con claridad. En el capítulo se vería a un hombre entrar en su casa, sentarse en el sofá, y abrir un libro. El hombre iría pasando páginas lentamente durante tres minutos. Después entraría una mujer, pero en un principio no se dirían nada. Ella se iría a la cocina, cogería una manzana de la nevera, se la comería sentada a la mesa, y quizá después saludaría al hombre. Hola, qué haces, leer, ah, y tú, nada, merendar... Y ya está. No se dirían nada más, cada cual a lo suyo durante otros tres minutos más. El capítulo seguiría en la misma tónica: encadenando escenas donde no pasara nada excepcional, hasta el final.

Después de la entrevista, uno de los guionistas también piensa en la idea de Lulo. Algo le dice que no es tan estúpida, y que quizá hayan hecho mal rechazándola tan rápidamente. En privado, habla con uno de sus compañeros.
-Si emitiéramos un capítulo así -le dice-, ¿no sería tanta la sorpresa producida, que quizá se generasen unas expectativas que nos aumentaran la audiencia?

Lulo abre la puerta de su casa, entra en el salón, y se sienta a leer en el sofá. Pasa las páginas muy lentamente. Unos tres minutos después, alguien entra también en casa. Lulo deja de leer y escucha, pendiente de oír un saludo. Pero no oye nada. Al poco, una mujer se sienta a la mesa con una manzana en la mano.
-¿No hacen ahora la teleserie aquella que tanto te gusta? -le pregunta.
-No -miente Lulo.

El señor Sú y los juegos de palabras

Al señor Sú le divierten los juegos de palabras de una manera casi obsesiva. Se entretiene contínuamente en tomar sílabas prestadas de una palabra y ponérselas a otra, añadir una letra o un sonido aquí o quitárselos allá, y así formar nuevas expresiones parecidas a las originales pero que no tengan, en principio, nada que ver con ellas. Su especialidad es tomar palabras aisladas y conseguir hacerlas aparecer con distinta función en medio de otro contexto, sin más intención que una mera permutación ociosa. A veces también investiga en otras variaciones más retorcidas, siempre con la intención de crear nuevos contenidos a partir de los existentes. El resultado termina siendo una muestra generalmente divertida de cuán cerca pueden estar fonéticamente, mensajes muy diferentes en lo semántico.

El origen de su fuente de datos es, quizá, el único problema aparente. Es muy habitual que el señor Sú sea incapaz de seguir una conversación, porque su mente se quede atrapada en algún juego de palabras que se le haya ocurrido después de que alguien haya dicho esto, o lo otro. Esto hace que, si uno charla por primera vez con él, piense que no está prestándole la debida atención o que, simplemente, es un viejo que roza la senilidad. El hecho, además, de que no siempre comparta sus juegos de palabras, hace más difícil la comunicación con él, especialmente si no se le conoce. Solo los que sabemos en qué tipo de juegos lingüísticos se entretiene, podemos compartir con él algunos de sus silencios, tratar de adivinar el porqué de la última de sus carcajadas, o acaso comprender alguna de sus ocurrencias.

El señor Sú solo verbaliza en voz alta unas pocas de sus creaciones, y la verdad es que suelen ser siempre verdaderamente ingeniosas. Estoy seguro de que si su cerebro llevase algún tipo de altavoz para que se pudieran oir esos juegos de palabras espontáneos que suceden en su cabeza, el resultado sería una composición absolutamente caótica, absurda e hilarante y que, sin embargo, estaría en total consonancia con la sonrisa de serena felicidad que suele presidir su rostro arrugado y de mirada sabia.

Nune, las sombras

Nune percibe en las sombras la esencia de quién las proyecta. Esta capacidad de inversión de contenidos la mantiene atentísima a todo cuánto la rodea. Si las formas son claras, polígonos sencillos a veces incluso fácilmente nombrables, entonces la experiencia es agradable. Es como si captara la historia de los objetos, casi como si pudiera leer en su sombra sus recuerdos y, por lo tanto, todo el recorrido de sus emociones. No está al alcance de cualquiera entender la postura estricta de una farola, o la obstinada impaciencia de una bandera que ondea al viento.

Nune percibe en sus sombras sus rasgos más íntimos, y distingue entre objetos distintos, porque todos los objetos son distintos. La sombra de arrepentimiento de una taza de té sobre la mesa de una terraza no tiene nada que ver con la firmeza inequívoca de la misma taza, apenas dos horas después, cuando el sol está a punto ya de marcharse, y las figuras maduran en longitudes distintas, sobre la misma mesa, en la misma terraza. Nune es sensible también a estos cambios, y se deleita en observarlos. Sus ojos se pierden en algún punto inconcreto, y entonces ya es obvio que ha entrado en alguna de sus lecturas. A veces se emociona, a veces se enfada, y a veces también -por supuesto- se aburre.

Solo a veces, cuando la exigencia geométrica es demasiado alta, hay una ruptura entre la conexión de Nune y las sombras. Las redes cartesianas de rejas, barandillas y barrotes, o las inverosímiles combinaciones de algunos perfiles, terminan provocando inabarcables posibilidades que superan la capacidad de Nune. En esos casos se ofusca, se la ve negar con la cabeza repetidas veces, cambiar de postura de manera inquieta, o exigir cambiar de lugar, o seguir caminando. Lo sabe, ella lo sabe. Sabe que no hay manera de evitar esas sombras. Pero sabe también que no hay entrenamiento que pueda cambiar las sensibilidades.

Lulo, los procesos


Lulo entendió que el suyo sería un proceso irregular, una sucesión imprevisible de intensidades. Sus rutinas apenas cambiaron, ni tampoco lo hicieron sus pensamientos. Solo de vez en cuando, muy localizados detrás del cuello, sentía unos ascensos repentinos de algo que se parecía mucho a la obligación, como si algo o alguien le estuviera dictando de qué manera debía sentirse. Sin embargo, le resultaba sencillo librarse. Somos animales de costumbres, se repetía. Y el dolor es siempre transitorio.