El señor Sú, la Chica

Chica. Mi amor, mi compañera, mi cariñoso corazón de cuatro patas. Te has ido. De pronto te has ido y yo siento tu ausencia como una grieta que me rompe los ojos. Creí que lo peor sería la despedida, abrazar tu cuerpito peludo sobre la camilla del veterinario. Pero no. El dolor es un aire que transpira, y lo peor es recordarte, todavía verte en mi retina. El piso sin ti ya no es más que simple arquitectura: paredes, suelo, muebles, un techo. Ya no me esperas detrás de la puerta, impaciente y feliz, arqueando tu cuerpo de tanta alegría. Tampoco me persigues, casi haciéndome tropezar, ansiosa por tu premio después del paseo; ni tampoco tu cola barre el suelo, contenta como un plumero. Chica, cuánto me duele imaginarte. Tus rincones en el balcón, detrás del mueble del comedor, junto a la bicicleta, justo en mitad del pasillo, son ahora marcos vacíos de fotografías tuyas; tan vacíos como los paisajes cuando no te vea, metros allá, oteando el horizonte con aquella elegancia animal tan hermosa y tan marrón y tan tuya. Chica, mi amor, mi compañera. Nunca te he escrito nada pero ahora me es imposible no hacerlo, aunque tampoco sé bien cómo hablarte. Nuestro lenguaje era otro, más fonético y exclusivo. A veces, es verdad, te preguntaba a qué habías dedicado la mañana, por dónde te apetecía salir a pasear, o te rogaba que ya bastaba de caricias. ¿Pero verdad que me comprendías? Tus ojos cálidos y negrísimos aún me miran, tus orejas triángulo aún se yerguen, aún jugueteo con tus pies, con tu morro despeinado, o te siento encima mío y homenajeo tu barriga, tu lomo, tu cabeza. Chica, mi amor, mi cariñoso corazón de cuatro patas, ¿recuerdas cuando me lamiste las lágrimas la última vez que lloré contigo? Doce años juntos integran, fusionan. ¿Cómo es que era tan fácil, tan gratificante, hacerte feliz? Correr, husmear, pelearnos con las otras hembras, tontear con machitos graciosos. Salir a ladrarles a los gatos, a enfrentarnos a los coches y a las motos y hasta a las excavadoras con aquella furia con que lo hacías. De todo eso tengo ganas ahora. Chica, mi amor, mi compañera, cuánto te voy a echar de menos. Súbete al sofá, cómete ese bocadillo de la basura, duerme conmigo. Lléname la furgoneta de pelos. De verdad que ya no me importa. Y tranquila, de verdad que no pasa nada si te meas encima como en los últimos meses. Chica, lo siento, no puedo seguir escribiendo. Dime solo una cosa, ¿verdad que sigues aquí conmigo? ¿Verdad que no te has marchado? La muerte es un mundo como cualquier otro, pero tú no te has marchado de este. Chica, mi amor, mi compañera. Descansa en paz, mi cariñoso corazón de cuatro patas.

Nune, carta a Tsessé

Querido Tsessé,

Te escribo desde Cambrils. Llegué a casa la semana pasada y en pocos días empiezo el curso. He alquilado la furgoneta para sacarme un dinero así que, a excepción de alguna escapada en tren a Barcelona, ya no voy a moverme de aquí. Te escribo, también, desde una dulce melancolía (sí, ya lo sé: si es melancolía es de por sí dulce pero ¿qué crees, que no me gusta provocarte?, me divierte evocar esa cara de aprendiz de escritor que ponemos cuando enumeramos esas redundancias predictibles, esas consabidas estructuras, creyéndonos listos).

Sí, Tsessé, te escribo desde una dulce melancolía pero también desde una paz inédita. Una paz que, como bien sabes, llevo un tiempo persiguiendo. Todo empezó en Valdegovía, en las risas con Oscar, con Pati, con Creix, con Siscu, con Lynne y por supuesto con Álvaro. Los chicos escalaban por las tardes (ya sabes que yo ando siempre agobiado por las lesiones, ahora el hombro, ahora el antebrazo, ahora los pies) así que mientras ellos ascendían en caricias elásticas como arañas pegadas a la roca, yo me limitaba a leer, a pasar el rato en aquellos valles magníficos, tan de postal. Qué curioso, Tsessé, darse cuenta de lo urbano que uno es, cuando la sola presencia de vacas, de caballos mansos que se te acercan y se dejan acariciar te sigue azorando como si fueras un niño.

Después, cuando los chicos ya le habían dado sus pegues a las vías, cuando ya las habían encadenado, las habían desmontado y habían recogido sus cintas, sus pies de gato, sus arneses y sus guías de sectores, entonces volvíamos a la campa y bebíamos, comíamos y reíamos. Para ese deporte aún no estoy lesionado, Tsessé, ya me conoces y verdaderamente fue ahí donde empezó a cambiar todo. Abres la puerta corredera de la furgoneta y sacas la comida, la bebida y las sillas; la perra ("Chica", ¿la recuerdas?) se escapa arriba y abajo con los demás perros; hay apenas un par de furgonetas más allá y las nuestras forman un triángulo, un fuerte: lo más parecido a una acampada pero con esas comodidades que a nuestra edad ya nos gusta tener, Tsessé, que ya tenemos casi cuarenta años.

Sí, Tsessé, ahí empezó a cambiar todo. Estar con gente que tiene ganas de estar bien es delicioso. Tanto como las noches, como el cielo estrellado. En eso soy fácil de impresionar, recuerda que soy de Tarragona y aquí el cielo es pésimo. Pero en Álaba la noche, sus estrellas, su silencio fresco y cerrado, comparado con el bochorno de las playas turistas, Tsessé, era poco más que un privilegio, ojalá lo hubieras vivido.

La magia de los viajes es sorprendente, más de una vez me lo has dicho tú mismo. El tiempo se multiplica en sus amplitudes y aunque apenas pasé un par de días con los chicos, me parecieron semanas. Para cuando me marché (dejando atrás la escalada, el triángulo de furgonetas y las botellas de vino), yo sentía que las cosas iban por buen camino. El viaje de ida había sido un tanto extraño con algunos amarres al pasado todavía latentes. El whatsapp es la nueva imposibilidad de abstraerse, me lo has comentado repetidas veces. Pero yo proseguía en mi empeño (a veces eso es lo único que hace falta) y después de perderme durante horas por los valles pasiegos, finalmente entré en Cantabria, un territorio que, para mí, en aquel momento, Tsessé, no te exagero, representaba la tierra prometida.

Después de las curvas, la niebla y el puerto de Lunada, llegó la recompensa, Tsessé. Lo pienso y me duele como si me estuvieran mordiendo: ¡cuánto te hubiera gustado conocer a Gema! Gema tiene un candor lúcido, una inteligencia sensible que te encantaría. La conocí en Londres (¿te hablé nunca de ella?, no me extrañaría que lo hubiera hecho). Vive en Madrid pero me recibió en la casa de sus padres, en Maoño. Los días en Cantabria no hubieran sido lo mismo sin Gema, Tsessé, de verdad me gustaría que algún día la conocieses. Sí, ya sé lo que estás pensando: es probable que en ti no provoque el descenso de pulsaciones, el sutil sosiego que a mí me produce. Probablemente todo eso esté solo entre ella y yo, solapado entre todo lo que compartimos en Londres, en Toledo, en Madrid o en Brighton. Pero, igualmente, Tsessé, estoy seguro de que te cautivaría si te llevara a las playas de Covachos, de Cuchía o de Langre, o te llevase a comer bonito -o sardinas- a Pedreña, o a degustar los huevos de su padre (sí, Tsessé, la broma fue inevitable, su padre tiene un corral con gallinas y ni él ni yo pudimos contener el humor léxico). Todo, Tsessé, aderezado con esa parsimonia con la que nos movíamos cuando descendíamos por aquellos senderos altísimos hasta la playa, Chica enloquecida persiguiendo vacas, rodeados los tres de esa mezcla de colores del paisaje cántabro los cuatro, cinco, seis días soleados que nos regaló el clima.

Naturaleza, sí, pero ¿qué somos, Tsessé, sino acumulaciones de pasados, movimientos en tránsito y relaciones con personas? Gema serenó mis emociones y después Javi las iluminó, por mucho que lloviese cuando llegamos a Esles. Ah, Tsessé, tú ya sabes el miedo que me producen los desniveles, una fobia que nació hace años en aquella maniobra imposible en no sé qué montaña de Girona. Cómo llovía, Tsessé, tú no sabes cómo llovía y qué poco se veía por el cristal de la furgoneta, el camino recio y pedregoso y encima de noche, Gema diciéndome “No mires al precipicio” y yo pensando en Girona, percutiendo contra ese miedo irracional, siguiendo al coche de Mariajo como si fuera una luz al final del túnel.

Pero como siempre, nada, Tsessé, nada de lo que tememos en esas zonas absurdas de la mente termina sucediendo y cuando llegamos a la cabaña ahí estaban Belén, Jarret, Ruth, Manuel, Rubén y por supuesto, Javi. De Javi seguro que ya te he hablado, su porte tranquilo, su humor sencillo y su genuino carisma. Pero de quien no debo de haberte hablado es de Belén. Qué bien nos sienta cuando un buen amigo encuentra una pareja que uno cree que le va perfecta. Belén también es artista, es guapísima y su conversación fluye con naturalidad. Esa noche después de charlar de tangas o del mundo del arte nos pusimos todos a bailar y de todo ello, de los chupitos de vodka que Belén trajo de Moscú, de Javi enfrascado en sus movimientos graciosos o de Ruth enseñándome sus obras geométricas, sin duda me quedo con el paso de Lola Flores que me enseñó Mariajo. Ah, Tsessé, qué prendado te quedarías de la energía de Mariajo, de su hilo de voz delicado y justo, de la belleza felina que esconde en su baile esa mujer morena, de pelo rizado y mirada firme.

¿De qué está hecha la ternura que provocan los buenos recuerdos, Tsessé? Ya, ya lo sé. Qué poco importa, de qué está hecha, estás pensando. Una mañana, por ejemplo, me despertaron los ladridos de Chica, que se había topado con unos burros frente a la furgoneta. Creo que Belén nos grabó a Javi y a mí tratando de hacerles salir de la finca, al más puro estilo pasiego después de abrirles la valla eléctrica: la actividad más rupestre que debo de haber hecho en los últimos años.

Me siento un poco extraño de repente, como si no fuera capaz de dibujar los días que sucedieron, ni tampoco los lugares. Cantabria se abrió para mí desde las ventanillas de la furgoneta con sus carreteras rodeadas de verde, con todos sus prados y la infinidad de colinas y con aquella increíble población de vacas. Conduje de Suances a Maliaño, de Suesa a Sarón, de Liérganes a Corbán, de Liencres a Llerana. ¿No te seducen, Tsessé, todos los nombres de esos pueblos? Esles, Selaya, Maoño, Sarón: ¿no te parece que hay magnetismo en sus fonéticas?

De magnetismo, Tsessé, de eso quería hablarte precisamente porque, ¿sabes cuándo te eché más de menos? En la conferencia de Javier San Martín. Fue en casa de Carlos y de Carmen, todos sentados en sillas de plástico en el jardín mientras él comentaba unas proyecciones. Me gustó tanto escuchar a ese hombre que aún muriéndome de frío rehusé ir hasta la furgoneta para abrigarme por no perderme un segundo de su conferencia. Conexiones entre la noche y el arte, Tsessé, ¿verdad que te hubiera encantado?

Javier es profesor en la facultad de Bellas Artes de Bilbao. Daba gusto escuchar cómo se expresaba pero, de repente, refiriéndose a una obra, usó la palabra magnetismo, Tsessé. Dijo “esta obra tiene un fuerte magnetismo” y yo sentí como si hubiera señalado la palabra con un foco y la dotase de energía. Tú ya sabes qué se siente cuando una palabra ingresa en nuestros sentidos con una fuerza renovada (¿recuerdas cuando descubrimos que aquilatar, embotado y desvaído encajaban perfectamente en nuestros párrafos?). Es como si nuestro léxico fuese un equipo de fútbol y acabásemos de hacer un fichaje, o como si palpáramos una fruta en el mercado y le adivinásemos múltiples y suculentos usos. Tonterías, Tsessé, ya lo sé, pero a ti puedo contártelas porque tú también vibras con estas cosas.

Javier hizo algunas referencias a la “gente del mundo del arte” dando por sentado que todos los presentes lo éramos, así que apenas terminó la conferencia me sentí obligado a confesarme. “Pues yo soy profe de mates”, les decía, después de escuchar hablar sobre el Reina Sofía, sobre no se qué galería de Nueva York o sobre la Feria Arco. Tsessé: Javier nos habló de Man Ray, del cuadro de las pesadillas de Füssli, de la tela de araña y las constelaciones de Vija Celmins y yo todo el tiempo pensaba en ti, en cuánto te hubiera gustado escuchar todo aquello.

Quizá deba ir terminando, Tsessé, no tanto por no entretenerte demasiado, sino por ese pudor repentino que a veces aflora cuando enumeramos secuencias donde uno se siente vívido y libre. Pasaron más cosas, por supuesto. Conocí a Jani y a Belén (dos amigos de Gema) y también a Mónica, cuando fuimos con ella a ver Sed de Mal en las antiguas escuelas de Santibáñez. Cómo resumir todos los estímulos en pocas frases. En conversaciones sencillas se consolidan a veces más aprendizajes que en cientos de horas de meditación a solas. Observar a los demás, cambiar el foco, como tú dirías. No sé, Tsessé, quizá me haya extendido demasiado y todo sea, al final, más sencillo. Quizá el orden de las cosas necesite a veces un desorden previo, una ubicación distinta basada en sugerencias nuevas.

En fin, Tsessé, cavilaciones. Cantabria, como todo, también quedó atrás, aunque no terminó ahí mi viaje. Los círculos, Tsessé, siempre los círculos y sus ciclos perfectos. Cuando marché de Cantabria aún volví a ver a los chicos en Valdegovía. Esta vez estaba también Inés y entonces el reencuentro fue como volver a estar en família (ya me entiendes, esa otra familia que sí elegimos). En ese momento el triángulo de furgonetas, las botellas de vino y las ensaladas imposibles representaron el hogar, la morada segura donde reposar sensaciones. En qué distintos animales de costumbres nos convertimos cuando viajamos y con qué velocidad evolucionan esas costumbres. Risas, Tsessé, escalada y risas otra vez, justo antes de partir, carretera al sur, para volver a casa, hace apenas una semana.

Ahora miro atrás y me entristezco. Lo sé, sé lo que estás pensando. Conozco tus frases que abrazan, tu manera de empujarme a seguir sonriendo. Puedes estar tranquilo, volví diferente a cómo me fui y eso era de todo de lo que se trataba. La noche de Cambrils no tiene tantas estrellas pero ya estoy en casa, estoy bien y ahora el silencio me resulta apacible. He aceptado por fin todo aquello que tanto me había esforzado en negar y te aseguro, Tsessé, que bajar los brazos ha sido un alivio, una victoria inconmensurable.

Me voy despidiendo, Tsessé. Triste y feliz, pero me voy despidiendo. No tardes mucho en escribirme. Tengo muchas ganas de saber cómo estás, cómo te fue el viaje por Cantabria, a quién has alquilado la furgoneta, cómo te va por Cambrils.

Lulo, la belleza inútil

Si las teclas de este teclado fueran de piedra las estaría aporreando, desaforado. Escribiría en convulsiones con la esperanza de crear artefactos literarios inmediatos, explosivos, capaces de liberarme de este desasosiego que me hierve los dedos. Qué poco debo haber aprendido si aún pretendo apagar fuegos aplastando leña sobre ellos. Al final, por suerte, la realidad es más sabia y las teclitas de plástico de este ordenador portátil me inducen a la calma precisa de siempre, a esta estética estudiada de letras y de palabras, de comas y de puntos. Termino acariciando el teclado sintiéndome músico, meditando lo que escribo, revisándolo y reescribiéndolo, todavía pensando en qué estoy diciendo, sobre qué estoy escribiendo. Detecto entonces con claridad una presencia (un niño, un hombre, una mujer) que me empuja a estar aquí, hablándole a la noche. Lo siguiente es puro ritual. Me sirvo más vino, me lío otro cigarrillo y espero al habitual desplome de contenidos de donde servirme. La soledad -me dicta esa voz que acaricia teclitas- la soledad es esta bóveda de compartimentos, de habitaciones numeradas donde siempre es posible escuchar el pasado. Su relato es variable pero hoy se me incrusta en las sienes como una película de lo que ya he vivido. Quizá sea eso, al final, todo lo que tengo. De poco me sirve indagar más, como hago en las largas conversaciones conmigo mismo, o pensar en guiones para eso que voy a vivir a partir de ahora. No. Me satisface, de repente, rehusar toda estrategia. Cualquier conato de conclusión está escrito en un lenguaje indescifrable, una especie de código dinámico que se complica a medida que se resuelve. Bajar los brazos me resulta entonces un alivio victorioso, un modesto triunfo de mi pensamiento. Reviso de nuevo estas líneas y me convenzo de la bondad de su vacío. De pasar el rato: de la maravillosa inutilidad de la literatura, se trata, al fin y al cabo.

El señor Sú, la tarde

La tarde establece tránsitos lánguidos. La siesta atenúa los propósitos de la mañana y el ensueño nocturno aún es lejano. Estoy en la playa. Montar en la bici, atarla a un árbol, entrar en el mar, volver a la arena, fumar un cigarrillo, abrir un libro, cerrar los ojos. El ritual de siempre. Me pongo las gafas de sol y medito. No despacho pensamientos, ni me dejo llevar por visiones. Hoy me dedico a abrazar recuerdos. Los que entristecen, los que alivian, los que afloran por sí solos. No les juzgo, ni me enfrento a ellos. Son mis fracasos, mis éxitos, mi realidad y también mi esperanza. Hago como explican que debe hacerse y antes de dejar partir todo aquello que duele, primero lo acojo, lo escucho y lo razono. Siempre hay una manera de cambiarle la forma a los pensamientos. De repente me recuerdo hace veinte años. Entonces también meditaba, aunque de otra manera. Me pregunto qué es lo que realmente ha cambiado desde entonces. Sigo observándome con la actitud de un estadista. Las estampidas, las dulzuras, los deseos solapados. Todo eso vive en mí. Yo soy todas esas voces, todas esas habitaciones. Me escucho, me tolero, me intuyo y me comprendo, todo a la vez y sin ningún propósito más allá de estas respiraciones, de esta inspiración consciente con mi latido de fondo. Respirando percibo eso que soy cuando nadie me mira. Expulso el aire ensuciado y vuelvo a inspirar. Cierro los ojos y ahora sí, me pierdo en visiones que me sugiero. El barrido de las olas suena a ritmos irregulares. Subo un poco el mentón y dirijo mi rostro hacia el sol. Por un momento me creo capaz de abarcar por completo la complejidad de la mente. Parece tan sencillo que debe de serlo.

Nune, la soledad

La soledad es un haz de planos superpuestos. Encima de ellos hay un silencio inmutable y hermoso, al que solo interrumpen los pensamientos. Su danza arbitraria y geométrica nos muestra entonces una cara u otra, según en qué punto nos coloquemos. Es nuestra elección moldear su estructura. Cuando la mente no calla o no elige bien sus delirios, el silencio es pesado y la soledad es un inhóspito enjambre de pérdidas. El nido de cráteres enquilosados se parece entonces a un pulso obsesivo con las tinieblas. Por suerte, la luz está siempre a la vuelta de la esquina. El observador sabio y compasivo, el que elige salvaje y correctamente, desliza entonces el centro de coordenadas y se sitúa en mejor posición. De la intuición coherente aflora una dicha más pura y se puede sentir el amor a uno mismo. En ese momento la soledad es un polígono rico en frecuencias, en espacios mentales donde no hay errores, dolor, ni contradicciones. Ese, y no otro, es el aprendizaje último del ser humano. La soledad. Los demás (la sociedad, el amor) son un mero reflejo de ella. Y la calidad de los unos depende de la consistencia de la otra.

Lulo, una sucesión de partículas hermosas

Anoche viví una transformación sensible. Eran las seis, seis y media de la mañana y volvía a casa después de una fiesta en la playa. Gente, copas, conversaciones efímeras y bailes descalzos, y después bicicleta y paseo marítimo, muy a lo anuncio de Estrella Damm. Antes de subir a casa me paré en la playa y, con la mente aún vaporosa, observé los tonos que la luz proponía. Quizá porque el cielo estaba nublado, los colores convergían de un modo calmado. El negro indistinto daba paso a unos grises nostálgicos, transversales y diversos, poco habituales. Todo lo que la noche había escondido renacía afectado de sutilezas nuevas, inéditas en verano. La lección cromática era significativa. Los impacientes solemos esperar a que los ciclos se sucedan con cambios de plano instantáneos. Pero no suele ser así. El fin de un proceso viene ajustado por largas esperas, con la parsimonia de las progresiones lentas. Eso fue lo que comprendí. Meses después de esforzarme en luchar, de golpear los moldes del escenario para forzar cambiarlo, percibí el cambio como el culmen de una ceremonia. Las etapas de dolor habían llegado a su fin cuando menos lo esperaba, de la manera que menos esperaba. En ese momento, la idea del tiempo se me antojó diáfana. La línea del horizonte, obstinada y planísima, me guiñaba el ojo y sostenía el mar, tranquilo y sonriente. Pasaron los minutos y la cruda mañana amenazaba el lapso. Hambriento, subí a casa. Hoy, hace un momento, he vuelto al mismo lugar de anoche. Una banda de jazz cantaba a Nina Simone. Todavía les oigo desde el balcón. Creo que el cambio se ha consumado, porque el mundo me parece ahora una sucesión de bellezas, un cúmulo de partículas hermosas que lo cubren todo.

El señor Sú, las rupturas

Aunque barajasen distintos conceptos, todos venían a decir lo mismo: que aquello era un proceso natural, que el tiempo lo curaría todo, que la única alternativa era pasar página. Les escuchaba incluso hablar, como si se tratase de un mesías, del concepto del desapego, de sus maravillosas ventajas espirituales. Simplificaciones, insuficiencias graves, me decía a mí mismo. A mí nada de aquello me bastaba y en aquel momento me exigía un aquilatamiento más riguroso. Nunca se me había dado demasiado bien, así que esta vez me propuse escuchar a mis sentimientos, tirar del hilo del que se descolgaban y observarlos con la lupa de la comprensión. Analizaba, con exactitud de ajedrecista, el trazo y el desenlace de cada ruta, de cada secuencia de emociones. O al menos eso creía que hacía. En aquellas disecciones tenía siempre la sensación de que me enfrentaba a algo más, a algo más pesado y anquilosado que el propio lenguaje, aunque también más lejano e inasible. Era como si me estuviera acercando a mi propia alma. Trataba entonces de cazarla con mis dedos y, a pesar de conocerla, de entreverla por segundos en sus intersticios, al final se me escapaba, se plegaba sobre sí misma y me sorprendía con nuevos giros, nuevos vectores y nuevos escenarios que lo modificaban todo, aunque solo fuera un poco. La lucha a veces llegaba a ser indigna y el dolor se retorcía en una constricción del pecho que ascendía hasta las lágrimas con la facilidad del aire. Entonces me acordaba de Marisa, de su fuerte acento colombiano, y de las palabras de su abuelo. “Usted, amigo mío, en este mundo está solo”, decía don Mario, un hombre que se había pasado veinte años en el amazonas viviendo de su propia pesca. Quizá solo se trataba de eso al fin y al cabo, de sostener el vacío, de crecer en la ausencia. Pero no. Yo leía a Delibes, leía a Cortázar, y me esforzaba en crear los puentes que habían de desconectarme de aquellas tinieblas, de aquella soledad de ruidos embotados, casi forzados, de tan mentales. En aquel momento, en aquel descenso a lo exangüe, yo me resistía al desarrollo, me anclaba en un pasado moribundo y solo era capaz de abrazarme al tiempo, a su lentitud minuciosa y terrible. Por suerte, bajo el extenso catálogo de conclusiones debía de subyacer una especie de fe en mí mismo, porque me parecía intuir que los aprendizajes habían calado, que la salida estaba cerca. Solo era cuestión de inercias, de fuerzas. Al final, yo lo sabía, la vida vencería y volvería a encontrarme en mi guarida, en el manantial purísimo de donde tantas veces había bebido. Terminaría, resignado, dándoles la razón a todos. Aquel era un proceso natural, el tiempo lo curaría todo y la única alternativa era pasar página. La serenidad tampoco era una meta, sino un camino.

Lulo y Nune, salir a andar

Hubo un tiempo en que Lulo y Nune salían a andar. La mejor época era la primavera, cuando el cambio horario desplazaba de un golpe las horas de luz y el anochecer se demoraba hasta las ocho y media, o las nueve. A veces, en el apartamento de playa donde vivían, les bastaba con una mirada para entenderse. El recuerdo de los meses de invierno aún estaba presente en las rutinas y la luz que entraba por el balcón los despertaba de ese letargo acumulado. El sol se ponía por el lado contrario pero se adivinaba su fuerza con facilidad. Conocían sus agendas mútuas y si ninguno de los dos tenía ocupaciones, entonces sabían que la tarde era propicia. La expresión de sus rostros, de sus cuerpos flotantes y deseosos era suficiente, y quizá un arqueo de cejas de él, o una inmovilidad de ella en el centro del comedor, resolvía el asunto en un solo instante. ¿Vamos a caminar? Diría ella. Vamos a caminar, respondería él.

Quizá en la impaciencia de él o en la prisa en cambiarse de ella olvidarían besarse, pero a los dos les alegraba ese mútuo acuerdo y no tardarían en hacerlo. Bajaban las escaleras hacia el portal que comunicaba con la misma playa y siempre tomaban la misma dirección, hacia la derecha, hacia donde el paseo serpenteaba con las palmeras a un lado y la lánguida playa al otro. Sería un martes o un miércoles de abril o de mayo, y el turismo aún era leve. Empezaban un conversación intrascendente y dejaban que el ritmo tenue de la travesía les avivara la sangre. Compartían silencios, contemplaban el aire y repasaban los temas de siempre. Quizá en aquella serenidad residía el amor, pensaba él, el verdadero afecto que había trascendido las pasiones, las urgencias del enamoramiento. Cuando llegaban al final del paseo se sentaban en uno de los bancos que daba a un pequeño parque para niños. En ese momento siempre se abrazaban, se besaban lentamente, y quizá ella decía Te quiero, o él insistía en sus bromas sobre lo guapa que le parecía.

El regreso era un ascenso hacia dos espacios que convergían. Un camino imantado que desharía el paseo y que terminaría en la cama, en el sofá, o en cualquiera de los lugares donde hacer el amor resultara apropiado. Quizá ella lo empujaría hacia la habitación, o quizá fuera él quien la desnudase en el pasillo. Poco importaba. Se besaban y se abrazaban y se envolvían en un privilegio, en una necesidad de cuerpos activos, de lenguas y manos y pechos y piernas, de ángulos donde él la admiraba, de dominaciones sexuales a las que los dos jugaban.

El señor Sú, ella

Y qué, si de nuevo me dedico a escribir una lista, un desplegable caduco que capture las lágrimas, las presiones en el pecho y los ojos, o los recuerdos que insisten en que sí, en que todo aquello fueron tiempos felices. Porque no soy capaz de mentirme. Todo lo relacionado con ella está ahora envuelto en una burbuja intocable que se aleja como una mentira redactada a destiempo, hecha de pasado, de película que no termina de acabarse. Lo sé, el paso del tiempo sosiega y acerca el núcleo a su guarida, igual que el tránsito entre ajetreos, entre distracciones y éxodos, dibuja en el aire trazos abstractos, direcciones y necesidades. Pero soy, también lo sé, el último responsable de mis líneas de tiempo, el más libre dueño de ellas. Si la tarde es densa e innecesaria, yo no quiero saber mentirme. No quiero fingir que no la alcanzo por momentos, que no rescato su aliento, que no estoy donde ella, esté donde esté, lo que me queda de ella. Aunque solo sea mientras escribo estas líneas, renuncio a vivir y la recuerdo a ella.

Nune, la Raíz de Dos.

Una vez tuve un perro al que llamé Dos. Quería que su nombre fuera un monosílabo, pero le puse ese nombre después de una larga meditación a medio camino entre las matemáticas y la filosofía. Su nombre largo era "raíz de dos", que sugería un primer significado puramente numérico. "Raíz de dos", aquel número que elevado al cuadrado es igual a dos. Pero mi intención era dotarle al nombre de un doble sentido. Con "raíz" quise representar el sentido de origen (la raíz de un árbol, la raíz de un problema, la raíz de un asunto), y, con "dos", resumir el concepto de dualidad (el sí y el no, el bien y el mal, la vida y la muerte). Orgulloso de mi creación poética, explicaba a todo el mundo que mi perro era la raíz de dos, es decir, el mismísimo origen de la dualidad.

Es igual de evidente que obtenía reacciones tan dispares como extrañadas, como que, al final, nunca le llamaba "raíz de dos", sino que optaba por "dos", "dosete", "dosoti", "doseto", o mil otros nombres cariñosos que, como todo el mundo que ha tenido alguna vez un animal de compañía sabe, surgen con asombrosa espontaneidad.

Hace un par de años me fui de viaje unos cuantos meses. Hace poco leí que los perros pueden llegar a entender si una despedida es más o menos duradera. Yo traté de explicárselo, pero no supe hacerlo, o Dos no lo comprendió. Lo dejé en una casa dónde había una manada de diez perros, una manada sana con machos y hembras jóvenes, adultos y alegres que lo distraerían, en una casa en pleno contacto con la naturaleza, y con una dueña cariñosa y bondadosa que los cuidaría.

Pero mi Dosete decidió un día que la pena era superior a la esperanza, y en uno de los paseos de aquella manada, mientras yo cogía un vuelo que me llevaba de México a Cuba, no volvió. Ni carteles, ni actualizaciones del chip, ni búsquedas en las perreras. No se supo nada más de él.

Dos era ya un perro viejo, con dificultades en la espalda, y unas cataratas que a menudo amenazaban con convertirse en ceguera. A día de hoy no puedo estar seguro de que alguien lo recogiera, pero mi intuición me dice algo muy diferente. Tengo la convicción, por muy dura que resulte, de que, traumado en exceso por mi ausencia, Dos decidió apartarse a un lugar cálido, a un lugar discreto y silencioso, y se limitó a dejarse morir.

Es triste, es tristísimo, y hoy revivo esa escena con claridad. No son pocas veces las que la he visualizado, las que la he soñado. Pero han pasado ya más de dos años desde aquella pérdida, y hoy es la primera vez que consigo escribir sobre ella, que consigo escribir sobre él, desde y hacia él, dedicado a él.

Siempre he sido muy lento en mis reacciones emocionales. Ya ni siquiera me culpo por ello. Pero hoy, mi Dosete, lloro por tí. Lloro por tí y lloro contigo como si te estuviera viendo en ese trance de muerte solitario y silente. Fui yo quién te abandonó, fui yo quién te empujé a morir. Y ahora, herido por ese y todos los errores que he cometido en mi vida, te lloro y te escribo llorando desde todos los duelos que me han sucedido. Todos esos duelos que, de esa manera tan extraña y terrible, parecen ser al final todos el mismo.

Lulo, los arquitectos del sistema

Esta es una carta dirigida a los arquitectos últimos (o los primeros, piénsese como se quiera) del sistema de variaciones sobre el que se sustentan las emociones de las personas. Mal. Muy mal. Sepan ustedes que lo hicieron muy mal. ¿En qué coño estaban pensando cuando lo diseñaron? Les hablo (ustedes lo saben bien, no se hagan los suecos), del mecanismo que rige los estados de amor y de desamor, de júbilo y de sufrimiento, de placer y de dolor; en última instancia, de felicidad y de infelicidad. ¿No vieron ustedes las profundas incoherencias que implementaron en su algoritmo? Esa dualidad constante y desequilibrada, impredecible y erosionadora sobre la cual han organizado ustedes los estados de ánimo de las personas es, sin lugar a dudas, el peor despropósito que jamás haya sido acometido. Por culpa de su más irresponsable incompetencia, y por culpa de haberla ejercido desde una posición de poder tan notoriamente exagerada como fatídica, ahora resulta que las vidas humanas deben ir sorteando a ritmos tan dispares como disparatados una suerte de lotería malvada que los sacude (sin parámetros tan justificables como la lógica, la justicia o la mera belleza) desde los escenarios más cálidos y soleados, hasta los más gélidos y tormentosos, sin espacio para la asimilación o la coherencia, por no hablar de términos que ustedes no alcanzarían a entender ni en varias eternidades como la sensibilidad, el tacto, o la delicadeza. Y no se les ocurra argumentar que en esa incoherencia radica la gracia del programa, porque saben ustedes perfectamente que obtendrán de inmediato la más airada de las reacciones de más población mundial de la que jamás alcancen a imaginar. Por el amor de Dios, ¿es que no hubo nadie que los supervisara? Por su culpa ha quedado a merced de los usuarios del sistema (ni más ni menos que la entera humanidad) la responsabilidad de sufrir sus azotes y sus desplantes sin que pueda uno ni acostumbrarse a unos ni prevenirse de los otros, y, para colmo, sin la menor de las garantías exigibles para una existencia justa, placentera y serena. Se lo vuelvo a repetir. Mal, muy mal, lo hicieron ustedes muy mal. Me pregunto si es que aquella mañana en la que redactaron esos desafortunados estatutos de la felicidad humana, llegaron ustedes a la oficina con resaca, dolor de muelas o jaqueca, o si es que, así como les sucede a muchos funcionarios cuando se produce el cambio de turno, perdieron la perspectiva del asunto, y lo abandonaron todo a la mano de Dios, sin esmerarse lo más mínimo en una tarea que, no tengan el valor de negarlo, requería la más estricta de las meticulosidades. ¿O no es cierto que el sistema que ustedes instauraron lleva siendo criticado desde Sófocles, y aún no han tenido el valor de decir esta boca es mía? Por favor, ¿no se dan cuenta de cuántas vidas se están arruinando por momentos? No miren hacia otro lado. Asuman su responsabilidad. ¿O cuánto más vamos a tener que sufrir las consecuencias del más flagrante e histórico de los escaqueos jamás vistos? No se escondan por más tiempo, hagan el favor. Por una vez en su pusilánime vida de senadores vitalicios y aforados, hagan el favor de trabajar para la humanidad, y vuélvanse a sentar en sus despachos para enmendar su error más terrible. Documéntense, observen a su alrededor. Dialoguen, valoren, discutan. Contraten especialistas. Pero, por favor, redacten de una vez un nuevo sistema que por fin nos satisfaga a todos. No lo demoren por más tiempo. Son demasiadas las personas cuya existencia depende de ello.

El señor Sú, escribir

El señor Sú daba pasos sencillos, sin demasiada prisa ni demasiada calma, como más o menos hace todo el mundo si es que no tiene algo por dentro que le arde, o que está demasiado frío. Caminaba de esa manera mientras desplazaba la mirada de una dirección a otra, sin detenerse a estudiar demasiado ningún vértice, ningún punto, ni ningún ángulo concreto, como más o menos hace todo el mundo cuando recorre los mismos trayectos de siempre. Caminaba y miraba de esa manera y notaba entonces cómo la mente se le esparcía en corrientes, en ráfagas de una brisa intermitente que la arrastraban de un lugar a otro, como más o menos hacen los dedos cuando se deslizan sobre las pantallas táctiles de los teléfonos móviles. Caminaba y observaba y se dejaba pensar de esa manera cuando también entonces notaba impulsos y contracciones que provenían de algún lugar del estómago o de los pulmones, y en cada intersiticio su respiración le sugería frases concretas, intuiciones precisas como "la cámara enfoca unos segundos a una niña que juega", "una iglesia iluminada preside el paseo de un pueblo de mar", o similares. Los recuerdos y las imágenes tardaban poco en marcharse, pero indicaban siempre algún tipo de síntesis simple, una reflexión o expresión pura, con predisposición espontánea para sublimarse en belleza. Cuando todo esto ocurría el señor Sú sabía que tenía que escribir. Que quizá hiciera demasiados días que no lo hacía, que eso que llamaban la inspiración le había vuelto a azotar quién sabía por qué, y que no había nada más necesario e inajornable que volver a su casa, a la intimidad de su flexo, su pantalla y su teclado, y escribir.

Nune, los búfalos

Para Nune hubo un tiempo en que la efervescencia era subirse a un búfalo, galopar sobre sus lomos durísimos por el desierto, y surcar con violencia la arena de las dunas. Vencer al mundo consistía entonces en pisotear el pasado con la intransigencia de la libertad, y desafiar los abismos montada en el placer de la velocidad. No había nada comparable a aquella sensación. Frente a ella se dibujaban todos los horizontes posibles, todos increíbles a la vez, todos aún por descubrir, y ella podía dirigirse a cualquiera de ellos sin el menor temor a equivocarse. Y sí, había que reconocerlo, las cosas habían cambiado y ahora, desde algún lugar del paso del tiempo, las dulzuras, los paseos lentos, las lecturas plácidas o las escuchas tranquilas oponían cierto tipo de resistencia. Pero las músicas, las urgencias, los golpes de aquello tan parecido a la animalidad no habían desparecido, y encerradas o reprimidas por momentos, ahora volvían a exigirle una salida al exterior, un vuelo de regreso hacia aquellas vísceras y hacia aquel búfalo, explosivo y entusiasta, que le devolviera de una vez por todas todo lo que el vacío se había cobrado.

Lulo, las noches de mierda

Descibirla ya resultaba de antemano una empresa sucia, un ejercicio oscuro, además de tenso. La noche de mierda, se le ocurrió llamarla, a pesar de que recordara otras imágenes como los granos de arena estrellados con violencia sobre su cara y sobre sus manos, o el caminar torpe y casi imposible empujado por aquel viento humillante y sobre aquel pavimento resbaladizo y equívoco, en una escena donde solo faltaba la lluvia para convertirse en la escena de mierda perfecta. Es verdad que después de las quiebras y los desgarros reconsideró la situación léxica y se planteó recordarla como la noche del gran despropósito, del círculo cerrado de inercias, que de tan pesadas y dolorosas, casi la invalidaban como noche, y la conducían hacia un auténtico entierro, un pisoteo enfurecido de desprecio, o una erradicación agresiva de la memoria. Al final, sin embargo, había que ser, por una vez, sincero con uno mismo. La noche de mierda era, sin duda, la más irresistible, la más acertada y espontánea, la más original, la más correcta de las definiciones.

El señor Sú y las cosas que dicen los niños

Cuando el señor Sú escuchó por primera vez la palabra desaprender, la impresión que le causó fue más bien de escepticismo. Con todos los aprendizajes que había acumulado en tantos años de experiencias, de qué demonios le iba a servir ahora desaprenderlos, se decía. Sereno, paseaba su perra por las calles del barrio, unas veces adentrándose en las manzanas urbanas del interior del pueblo, otras recorriendo el paseo marítimo dejando vagar su mirada entre los barcos, la playa, o cielo. El efecto, sin embargo, fue irreparable, porque a partir de un determinado momento, las referencias a los posibles significados de la palabra empezaron a abundar en su entorno. Sus colegas de profesión le hablaban de lo importante de borrar de la memoria los prejuicios y creencias previas, en un espectáculo de danza escuchó razonar la necesidad de eliminar automatismos aprehendidos por inercia, y en conversaciones con sus amigos observaba cómo la rigidez en determinados pensamientos impedía posibilidades de abertura a otros caminos. Continuaba los paseos diarios con su perra por los mismos lugares de siempre, pero algo en el núcleo de sus convicciones había cambiado. Una tarde, en el supermercado, esperaba su turno detrás de un niño de unos cinco años que acompañaba a su madre. Después de colocar la compra dentro de las bolsas, el niño, ocioso, enseñó el tiquet a su madre, y le dijo: "Mamá, el número siete está triste". Entre la cajera, la madre y el señor Sú, se produjo entonces un momento de complicidad y ternura: qué cosas dicen los niños, a esta edad son terribles, etcétera. Quien ya conoce al señor Sú sabe que sus afectos varían cuasi aleatoriamente de un campo a otro, y lo que una percepción trivial pudiera juzgar como obsesión temporal o impulsiva, en él puede convertirse en el más poético de los idilios. Aquella tarde en la cola del supermercado, el señor Sú advirtió que, la infancia, no solo era el lugar exacto al que pretendía dirigir el desaprendizaje, sino que representaba la fuente espontánea de las más pura de las poesías. Decir cosas que diría un niño, se dijo. Y con la decisión y el apasionamiento que le caracterizaban, a partir de ese momento, empezó a apuntar en su bloc de notas todas las frases que se le ocurrían, con la única condición de que pudieran ser dichas por un niño.

Adiós, Nune, adiós

Yo ahora lo sé, Nune, que caminas en dirección nueva, que te vas hacia un nuevo hombre. La escena es clara, yo estoy inmóvil viéndote marchar: la espalda erguida, tus mechones rubios y cortos apenas molestados por un viento que te sopla en la cara, y el caminar gracioso, como siempre. Consigues olvidar el dolor y ya vuelves a sentir. A ratos te tienta miras atrás, pero no lo haces. Estás decidida a renacer. Yo, que soy menos valiente, aún no me he decidido a moverme, también lo sabes. Aunque al final sea, como siempre, demasiada literatura, me propongo una escena menos clara. Espero a que tu imagen se difumine en mis ojos, y que desaparezcas lenta y lejana, como una canción que se apaga y le da paso al silencio. Después, cuando no haya nada donde mirar, daré unos pasos cabizbajo. En una dirección que aún tendré que descubrir, habrá una melodía que hará el resto.

Lulo, el viento fuerte

Tenía los ojos borrados, ausentes. Las réplicas de dolor los habían vaciado pero ahora, suspendidos, se desmoronaban de nuevo. No habían servido de nada la huída, los propósitos, los pensamientos firmes. Desprotegidas, las lágrimas se desperdiciaban en el enésimo recuerdo. Me duele el alma, escribiría alguien. Pero todos los ciclos llegan a su fin, y Lulo advertía en el horizonte una sonrisa lejana. Lástima que se difuminase tan rápido. El viento, despiadado, lo zarandeaba todo como si exigiese urgencia.

El señor Sú, los recuerdos de ellas.

Hoy, señor Sú, retrocedes en el tiempo y revisitas momentos. Es algo que has aprendido a hacer después de tantas horas sentado en tu banco, tu banco del paseo donde observas el mar, o la gente que pasa, o el cielo que cambia. Sin embargo, hoy, señor Sú, tu mirada es más tenue que de costumbre, y no te interesan las bandadas de pájaros, ni las nubes lejanas, ni el oleaje diverso. Hoy revisitas los recuerdos de ellas. Revives tanto las más puras efervescencias, como las más graves rupturas, todas ellas quiebras del alma tan trascendentes entonces, tan ligeras, casi tiernas ahora. Señor Sú, tus recuerdos te llevan de un lugar a otro, y aún así parecen el mismo.

Nune es ahora una niña de siete años

Nune es ahora una niña de siete años, una inocencia entretenida en el libro de fotografías que le está enseñando su hermana. Es divertido estar con ella. El libro se titula “National Geographic” y se han reído mucho aprendiendo a pronunciarlo correctamente. Hay fotografías de animales y de paisajes muy bonitos. Su hermana mayor tiene ocho años más que ella, y es más buena que su otra hermana, que no le hace tanto caso. Con ella se siente protegida. Fuera de la habitación no se escucha nada, todavía no ha llegado su padre. Es muy fácil saber cuándo lo hace, lo primero que se oye es un portazo y no se tarda mucho en escuchar algún grito. Es importante estarse muy quieta y callada, no darle excusas, no enfadarlo. Pero hoy puede estar tranquila, su hermana mayor está allí con ella. De repente, se abre la puerta de la habitación. Es él. Qué haces aquí, grita, aunque Nune no sabe muy bien a quién de las dos. Ahora es cuestión de bajar la mirada, y, por si acaso, cerrar el libro de fotografías. Estábamos tan a gusto las dos tumbadas en la cama jugando a imaginar ser animales del libro... Pero entonces las dos nos incorporamos lentamente, en cualquier momento habrá que cumplir alguna orden. Mi hermana se levanta. No entiendo bien sobre qué discuten, lo que es seguro es que mi padre me dice algo detrás de mi hermana. Que haga los deberes, que ya hablará después conmigo. Ya los tengo hechos, pero finjo que vuelvo al escritorio sin decir nada. ¿Por qué siempre se comporta así?, si yo sé que no es malo, si yo sé que nos quiere. Mi hermana y él salen de la habitación, y detrás de la puerta escucho otra vez más gritos que van marchándose hacia el pasillo. De repente se hace un silencio y ya no escucho a ninguno de los dos. Ya estoy acostumbrada, mi padre provoca estos silencios. Cuando él no está, estamos tranquilas, pero él siempre tiene que fastidiarlo. No me atrevo a salir de la habitación. Todavía queda un rato hasta que cambie de humor, hasta su próximo enfado. Mi hermana. ¿Dónde estará? Quizá de aquí a un rato pueda ir a verla a su habitación, si es que todavía está.