Chica. Mi amor, mi compañera, mi cariñoso corazón de cuatro patas. Te has ido. De pronto te has ido y yo siento tu ausencia como una grieta que me rompe los ojos. Creí que lo peor sería la despedida, abrazar tu cuerpito peludo sobre la camilla del veterinario. Pero no. El dolor es un aire que transpira, y lo peor es recordarte, todavía verte en mi retina. El piso sin ti ya no es más que simple arquitectura: paredes, suelo, muebles, un techo. Ya no me esperas detrás de la puerta, impaciente y feliz, arqueando tu cuerpo de tanta alegría. Tampoco me persigues, casi haciéndome tropezar, ansiosa por tu premio después del paseo; ni tampoco tu cola barre el suelo, contenta como un plumero. Chica, cuánto me duele imaginarte. Tus rincones en el balcón, detrás del mueble del comedor, junto a la bicicleta, justo en mitad del pasillo, son ahora marcos vacíos de fotografías tuyas; tan vacíos como los paisajes cuando no te vea, metros allá, oteando el horizonte con aquella elegancia animal tan hermosa y tan marrón y tan tuya. Chica, mi amor, mi compañera. Nunca te he escrito nada pero ahora me es imposible no hacerlo, aunque tampoco sé bien cómo hablarte. Nuestro lenguaje era otro, más fonético y exclusivo. A veces, es verdad, te preguntaba a qué habías dedicado la mañana, por dónde te apetecía salir a pasear, o te rogaba que ya bastaba de caricias. ¿Pero verdad que me comprendías? Tus ojos cálidos y negrísimos aún me miran, tus orejas triángulo aún se yerguen, aún jugueteo con tus pies, con tu morro despeinado, o te siento encima mío y homenajeo tu barriga, tu lomo, tu cabeza. Chica, mi amor, mi cariñoso corazón de cuatro patas, ¿recuerdas cuando me lamiste las lágrimas la última vez que lloré contigo? Doce años juntos integran, fusionan. ¿Cómo es que era tan fácil, tan gratificante, hacerte feliz? Correr, husmear, pelearnos con las otras hembras, tontear con machitos graciosos. Salir a ladrarles a los gatos, a enfrentarnos a los coches y a las motos y hasta a las excavadoras con aquella furia con que lo hacías. De todo eso tengo ganas ahora. Chica, mi amor, mi compañera, cuánto te voy a echar de menos. Súbete al sofá, cómete ese bocadillo de la basura, duerme conmigo. Lléname la furgoneta de pelos. De verdad que ya no me importa. Y tranquila, de verdad que no pasa nada si te meas encima como en los últimos meses. Chica, lo siento, no puedo seguir escribiendo. Dime solo una cosa, ¿verdad que sigues aquí conmigo? ¿Verdad que no te has marchado? La muerte es un mundo como cualquier otro, pero tú no te has marchado de este. Chica, mi amor, mi compañera. Descansa en paz, mi cariñoso corazón de cuatro patas.
Lulo, Nune y el Señor Sú
Literatura breve.
Nune, carta a Tsessé
Querido Tsessé,
Te escribo desde Cambrils. Llegué a casa la semana pasada y en pocos días empiezo el curso. He alquilado la furgoneta para sacarme un dinero así que, a excepción de alguna escapada en tren a Barcelona, ya no voy a moverme de aquí. Te escribo, también, desde una dulce melancolía (sí, ya lo sé: si es melancolía es de por sí dulce pero ¿qué crees, que no me gusta provocarte?, me divierte evocar esa cara de aprendiz de escritor que ponemos cuando enumeramos esas redundancias predictibles, esas consabidas estructuras, creyéndonos listos).
Sí, Tsessé, te escribo desde una dulce melancolía pero también desde una paz inédita. Una paz que, como bien sabes, llevo un tiempo persiguiendo. Todo empezó en Valdegovía, en las risas con Oscar, con Pati, con Creix, con Siscu, con Lynne y por supuesto con Álvaro. Los chicos escalaban por las tardes (ya sabes que yo ando siempre agobiado por las lesiones, ahora el hombro, ahora el antebrazo, ahora los pies) así que mientras ellos ascendían en caricias elásticas como arañas pegadas a la roca, yo me limitaba a leer, a pasar el rato en aquellos valles magníficos, tan de postal. Qué curioso, Tsessé, darse cuenta de lo urbano que uno es, cuando la sola presencia de vacas, de caballos mansos que se te acercan y se dejan acariciar te sigue azorando como si fueras un niño.
Después, cuando los chicos ya le habían dado sus pegues a las vías, cuando ya las habían encadenado, las habían desmontado y habían recogido sus cintas, sus pies de gato, sus arneses y sus guías de sectores, entonces volvíamos a la campa y bebíamos, comíamos y reíamos. Para ese deporte aún no estoy lesionado, Tsessé, ya me conoces y verdaderamente fue ahí donde empezó a cambiar todo. Abres la puerta corredera de la furgoneta y sacas la comida, la bebida y las sillas; la perra ("Chica", ¿la recuerdas?) se escapa arriba y abajo con los demás perros; hay apenas un par de furgonetas más allá y las nuestras forman un triángulo, un fuerte: lo más parecido a una acampada pero con esas comodidades que a nuestra edad ya nos gusta tener, Tsessé, que ya tenemos casi cuarenta años.
Sí, Tsessé, ahí empezó a cambiar todo. Estar con gente que tiene ganas de estar bien es delicioso. Tanto como las noches, como el cielo estrellado. En eso soy fácil de impresionar, recuerda que soy de Tarragona y aquí el cielo es pésimo. Pero en Álaba la noche, sus estrellas, su silencio fresco y cerrado, comparado con el bochorno de las playas turistas, Tsessé, era poco más que un privilegio, ojalá lo hubieras vivido.
La magia de los viajes es sorprendente, más de una vez me lo has dicho tú mismo. El tiempo se multiplica en sus amplitudes y aunque apenas pasé un par de días con los chicos, me parecieron semanas. Para cuando me marché (dejando atrás la escalada, el triángulo de furgonetas y las botellas de vino), yo sentía que las cosas iban por buen camino. El viaje de ida había sido un tanto extraño con algunos amarres al pasado todavía latentes. El whatsapp es la nueva imposibilidad de abstraerse, me lo has comentado repetidas veces. Pero yo proseguía en mi empeño (a veces eso es lo único que hace falta) y después de perderme durante horas por los valles pasiegos, finalmente entré en Cantabria, un territorio que, para mí, en aquel momento, Tsessé, no te exagero, representaba la tierra prometida.
Después de las curvas, la niebla y el puerto de Lunada, llegó la recompensa, Tsessé. Lo pienso y me duele como si me estuvieran mordiendo: ¡cuánto te hubiera gustado conocer a Gema! Gema tiene un candor lúcido, una inteligencia sensible que te encantaría. La conocí en Londres (¿te hablé nunca de ella?, no me extrañaría que lo hubiera hecho). Vive en Madrid pero me recibió en la casa de sus padres, en Maoño. Los días en Cantabria no hubieran sido lo mismo sin Gema, Tsessé, de verdad me gustaría que algún día la conocieses. Sí, ya sé lo que estás pensando: es probable que en ti no provoque el descenso de pulsaciones, el sutil sosiego que a mí me produce. Probablemente todo eso esté solo entre ella y yo, solapado entre todo lo que compartimos en Londres, en Toledo, en Madrid o en Brighton. Pero, igualmente, Tsessé, estoy seguro de que te cautivaría si te llevara a las playas de Covachos, de Cuchía o de Langre, o te llevase a comer bonito -o sardinas- a Pedreña, o a degustar los huevos de su padre (sí, Tsessé, la broma fue inevitable, su padre tiene un corral con gallinas y ni él ni yo pudimos contener el humor léxico). Todo, Tsessé, aderezado con esa parsimonia con la que nos movíamos cuando descendíamos por aquellos senderos altísimos hasta la playa, Chica enloquecida persiguiendo vacas, rodeados los tres de esa mezcla de colores del paisaje cántabro los cuatro, cinco, seis días soleados que nos regaló el clima.
Naturaleza, sí, pero ¿qué somos, Tsessé, sino acumulaciones de pasados, movimientos en tránsito y relaciones con personas? Gema serenó mis emociones y después Javi las iluminó, por mucho que lloviese cuando llegamos a Esles. Ah, Tsessé, tú ya sabes el miedo que me producen los desniveles, una fobia que nació hace años en aquella maniobra imposible en no sé qué montaña de Girona. Cómo llovía, Tsessé, tú no sabes cómo llovía y qué poco se veía por el cristal de la furgoneta, el camino recio y pedregoso y encima de noche, Gema diciéndome “No mires al precipicio” y yo pensando en Girona, percutiendo contra ese miedo irracional, siguiendo al coche de Mariajo como si fuera una luz al final del túnel.
Pero como siempre, nada, Tsessé, nada de lo que tememos en esas zonas absurdas de la mente termina sucediendo y cuando llegamos a la cabaña ahí estaban Belén, Jarret, Ruth, Manuel, Rubén y por supuesto, Javi. De Javi seguro que ya te he hablado, su porte tranquilo, su humor sencillo y su genuino carisma. Pero de quien no debo de haberte hablado es de Belén. Qué bien nos sienta cuando un buen amigo encuentra una pareja que uno cree que le va perfecta. Belén también es artista, es guapísima y su conversación fluye con naturalidad. Esa noche después de charlar de tangas o del mundo del arte nos pusimos todos a bailar y de todo ello, de los chupitos de vodka que Belén trajo de Moscú, de Javi enfrascado en sus movimientos graciosos o de Ruth enseñándome sus obras geométricas, sin duda me quedo con el paso de Lola Flores que me enseñó Mariajo. Ah, Tsessé, qué prendado te quedarías de la energía de Mariajo, de su hilo de voz delicado y justo, de la belleza felina que esconde en su baile esa mujer morena, de pelo rizado y mirada firme.
¿De qué está hecha la ternura que provocan los buenos recuerdos, Tsessé? Ya, ya lo sé. Qué poco importa, de qué está hecha, estás pensando. Una mañana, por ejemplo, me despertaron los ladridos de Chica, que se había topado con unos burros frente a la furgoneta. Creo que Belén nos grabó a Javi y a mí tratando de hacerles salir de la finca, al más puro estilo pasiego después de abrirles la valla eléctrica: la actividad más rupestre que debo de haber hecho en los últimos años.
Me siento un poco extraño de repente, como si no fuera capaz de dibujar los días que sucedieron, ni tampoco los lugares. Cantabria se abrió para mí desde las ventanillas de la furgoneta con sus carreteras rodeadas de verde, con todos sus prados y la infinidad de colinas y con aquella increíble población de vacas. Conduje de Suances a Maliaño, de Suesa a Sarón, de Liérganes a Corbán, de Liencres a Llerana. ¿No te seducen, Tsessé, todos los nombres de esos pueblos? Esles, Selaya, Maoño, Sarón: ¿no te parece que hay magnetismo en sus fonéticas?
De magnetismo, Tsessé, de eso quería hablarte precisamente porque, ¿sabes cuándo te eché más de menos? En la conferencia de Javier San Martín. Fue en casa de Carlos y de Carmen, todos sentados en sillas de plástico en el jardín mientras él comentaba unas proyecciones. Me gustó tanto escuchar a ese hombre que aún muriéndome de frío rehusé ir hasta la furgoneta para abrigarme por no perderme un segundo de su conferencia. Conexiones entre la noche y el arte, Tsessé, ¿verdad que te hubiera encantado?
Javier es profesor en la facultad de Bellas Artes de Bilbao. Daba gusto escuchar cómo se expresaba pero, de repente, refiriéndose a una obra, usó la palabra magnetismo, Tsessé. Dijo “esta obra tiene un fuerte magnetismo” y yo sentí como si hubiera señalado la palabra con un foco y la dotase de energía. Tú ya sabes qué se siente cuando una palabra ingresa en nuestros sentidos con una fuerza renovada (¿recuerdas cuando descubrimos que aquilatar, embotado y desvaído encajaban perfectamente en nuestros párrafos?). Es como si nuestro léxico fuese un equipo de fútbol y acabásemos de hacer un fichaje, o como si palpáramos una fruta en el mercado y le adivinásemos múltiples y suculentos usos. Tonterías, Tsessé, ya lo sé, pero a ti puedo contártelas porque tú también vibras con estas cosas.
Javier hizo algunas referencias a la “gente del mundo del arte” dando por sentado que todos los presentes lo éramos, así que apenas terminó la conferencia me sentí obligado a confesarme. “Pues yo soy profe de mates”, les decía, después de escuchar hablar sobre el Reina Sofía, sobre no se qué galería de Nueva York o sobre la Feria Arco. Tsessé: Javier nos habló de Man Ray, del cuadro de las pesadillas de Füssli, de la tela de araña y las constelaciones de Vija Celmins y yo todo el tiempo pensaba en ti, en cuánto te hubiera gustado escuchar todo aquello.
Quizá deba ir terminando, Tsessé, no tanto por no entretenerte demasiado, sino por ese pudor repentino que a veces aflora cuando enumeramos secuencias donde uno se siente vívido y libre. Pasaron más cosas, por supuesto. Conocí a Jani y a Belén (dos amigos de Gema) y también a Mónica, cuando fuimos con ella a ver Sed de Mal en las antiguas escuelas de Santibáñez. Cómo resumir todos los estímulos en pocas frases. En conversaciones sencillas se consolidan a veces más aprendizajes que en cientos de horas de meditación a solas. Observar a los demás, cambiar el foco, como tú dirías. No sé, Tsessé, quizá me haya extendido demasiado y todo sea, al final, más sencillo. Quizá el orden de las cosas necesite a veces un desorden previo, una ubicación distinta basada en sugerencias nuevas.
En fin, Tsessé, cavilaciones. Cantabria, como todo, también quedó atrás, aunque no terminó ahí mi viaje. Los círculos, Tsessé, siempre los círculos y sus ciclos perfectos. Cuando marché de Cantabria aún volví a ver a los chicos en Valdegovía. Esta vez estaba también Inés y entonces el reencuentro fue como volver a estar en família (ya me entiendes, esa otra familia que sí elegimos). En ese momento el triángulo de furgonetas, las botellas de vino y las ensaladas imposibles representaron el hogar, la morada segura donde reposar sensaciones. En qué distintos animales de costumbres nos convertimos cuando viajamos y con qué velocidad evolucionan esas costumbres. Risas, Tsessé, escalada y risas otra vez, justo antes de partir, carretera al sur, para volver a casa, hace apenas una semana.
Ahora miro atrás y me entristezco. Lo sé, sé lo que estás pensando. Conozco tus frases que abrazan, tu manera de empujarme a seguir sonriendo. Puedes estar tranquilo, volví diferente a cómo me fui y eso era de todo de lo que se trataba. La noche de Cambrils no tiene tantas estrellas pero ya estoy en casa, estoy bien y ahora el silencio me resulta apacible. He aceptado por fin todo aquello que tanto me había esforzado en negar y te aseguro, Tsessé, que bajar los brazos ha sido un alivio, una victoria inconmensurable.
Me voy despidiendo, Tsessé. Triste y feliz, pero me voy despidiendo. No tardes mucho en escribirme. Tengo muchas ganas de saber cómo estás, cómo te fue el viaje por Cantabria, a quién has alquilado la furgoneta, cómo te va por Cambrils.
Te escribo desde Cambrils. Llegué a casa la semana pasada y en pocos días empiezo el curso. He alquilado la furgoneta para sacarme un dinero así que, a excepción de alguna escapada en tren a Barcelona, ya no voy a moverme de aquí. Te escribo, también, desde una dulce melancolía (sí, ya lo sé: si es melancolía es de por sí dulce pero ¿qué crees, que no me gusta provocarte?, me divierte evocar esa cara de aprendiz de escritor que ponemos cuando enumeramos esas redundancias predictibles, esas consabidas estructuras, creyéndonos listos).
Sí, Tsessé, te escribo desde una dulce melancolía pero también desde una paz inédita. Una paz que, como bien sabes, llevo un tiempo persiguiendo. Todo empezó en Valdegovía, en las risas con Oscar, con Pati, con Creix, con Siscu, con Lynne y por supuesto con Álvaro. Los chicos escalaban por las tardes (ya sabes que yo ando siempre agobiado por las lesiones, ahora el hombro, ahora el antebrazo, ahora los pies) así que mientras ellos ascendían en caricias elásticas como arañas pegadas a la roca, yo me limitaba a leer, a pasar el rato en aquellos valles magníficos, tan de postal. Qué curioso, Tsessé, darse cuenta de lo urbano que uno es, cuando la sola presencia de vacas, de caballos mansos que se te acercan y se dejan acariciar te sigue azorando como si fueras un niño.
Después, cuando los chicos ya le habían dado sus pegues a las vías, cuando ya las habían encadenado, las habían desmontado y habían recogido sus cintas, sus pies de gato, sus arneses y sus guías de sectores, entonces volvíamos a la campa y bebíamos, comíamos y reíamos. Para ese deporte aún no estoy lesionado, Tsessé, ya me conoces y verdaderamente fue ahí donde empezó a cambiar todo. Abres la puerta corredera de la furgoneta y sacas la comida, la bebida y las sillas; la perra ("Chica", ¿la recuerdas?) se escapa arriba y abajo con los demás perros; hay apenas un par de furgonetas más allá y las nuestras forman un triángulo, un fuerte: lo más parecido a una acampada pero con esas comodidades que a nuestra edad ya nos gusta tener, Tsessé, que ya tenemos casi cuarenta años.
Sí, Tsessé, ahí empezó a cambiar todo. Estar con gente que tiene ganas de estar bien es delicioso. Tanto como las noches, como el cielo estrellado. En eso soy fácil de impresionar, recuerda que soy de Tarragona y aquí el cielo es pésimo. Pero en Álaba la noche, sus estrellas, su silencio fresco y cerrado, comparado con el bochorno de las playas turistas, Tsessé, era poco más que un privilegio, ojalá lo hubieras vivido.
La magia de los viajes es sorprendente, más de una vez me lo has dicho tú mismo. El tiempo se multiplica en sus amplitudes y aunque apenas pasé un par de días con los chicos, me parecieron semanas. Para cuando me marché (dejando atrás la escalada, el triángulo de furgonetas y las botellas de vino), yo sentía que las cosas iban por buen camino. El viaje de ida había sido un tanto extraño con algunos amarres al pasado todavía latentes. El whatsapp es la nueva imposibilidad de abstraerse, me lo has comentado repetidas veces. Pero yo proseguía en mi empeño (a veces eso es lo único que hace falta) y después de perderme durante horas por los valles pasiegos, finalmente entré en Cantabria, un territorio que, para mí, en aquel momento, Tsessé, no te exagero, representaba la tierra prometida.
Después de las curvas, la niebla y el puerto de Lunada, llegó la recompensa, Tsessé. Lo pienso y me duele como si me estuvieran mordiendo: ¡cuánto te hubiera gustado conocer a Gema! Gema tiene un candor lúcido, una inteligencia sensible que te encantaría. La conocí en Londres (¿te hablé nunca de ella?, no me extrañaría que lo hubiera hecho). Vive en Madrid pero me recibió en la casa de sus padres, en Maoño. Los días en Cantabria no hubieran sido lo mismo sin Gema, Tsessé, de verdad me gustaría que algún día la conocieses. Sí, ya sé lo que estás pensando: es probable que en ti no provoque el descenso de pulsaciones, el sutil sosiego que a mí me produce. Probablemente todo eso esté solo entre ella y yo, solapado entre todo lo que compartimos en Londres, en Toledo, en Madrid o en Brighton. Pero, igualmente, Tsessé, estoy seguro de que te cautivaría si te llevara a las playas de Covachos, de Cuchía o de Langre, o te llevase a comer bonito -o sardinas- a Pedreña, o a degustar los huevos de su padre (sí, Tsessé, la broma fue inevitable, su padre tiene un corral con gallinas y ni él ni yo pudimos contener el humor léxico). Todo, Tsessé, aderezado con esa parsimonia con la que nos movíamos cuando descendíamos por aquellos senderos altísimos hasta la playa, Chica enloquecida persiguiendo vacas, rodeados los tres de esa mezcla de colores del paisaje cántabro los cuatro, cinco, seis días soleados que nos regaló el clima.
Naturaleza, sí, pero ¿qué somos, Tsessé, sino acumulaciones de pasados, movimientos en tránsito y relaciones con personas? Gema serenó mis emociones y después Javi las iluminó, por mucho que lloviese cuando llegamos a Esles. Ah, Tsessé, tú ya sabes el miedo que me producen los desniveles, una fobia que nació hace años en aquella maniobra imposible en no sé qué montaña de Girona. Cómo llovía, Tsessé, tú no sabes cómo llovía y qué poco se veía por el cristal de la furgoneta, el camino recio y pedregoso y encima de noche, Gema diciéndome “No mires al precipicio” y yo pensando en Girona, percutiendo contra ese miedo irracional, siguiendo al coche de Mariajo como si fuera una luz al final del túnel.
Pero como siempre, nada, Tsessé, nada de lo que tememos en esas zonas absurdas de la mente termina sucediendo y cuando llegamos a la cabaña ahí estaban Belén, Jarret, Ruth, Manuel, Rubén y por supuesto, Javi. De Javi seguro que ya te he hablado, su porte tranquilo, su humor sencillo y su genuino carisma. Pero de quien no debo de haberte hablado es de Belén. Qué bien nos sienta cuando un buen amigo encuentra una pareja que uno cree que le va perfecta. Belén también es artista, es guapísima y su conversación fluye con naturalidad. Esa noche después de charlar de tangas o del mundo del arte nos pusimos todos a bailar y de todo ello, de los chupitos de vodka que Belén trajo de Moscú, de Javi enfrascado en sus movimientos graciosos o de Ruth enseñándome sus obras geométricas, sin duda me quedo con el paso de Lola Flores que me enseñó Mariajo. Ah, Tsessé, qué prendado te quedarías de la energía de Mariajo, de su hilo de voz delicado y justo, de la belleza felina que esconde en su baile esa mujer morena, de pelo rizado y mirada firme.
¿De qué está hecha la ternura que provocan los buenos recuerdos, Tsessé? Ya, ya lo sé. Qué poco importa, de qué está hecha, estás pensando. Una mañana, por ejemplo, me despertaron los ladridos de Chica, que se había topado con unos burros frente a la furgoneta. Creo que Belén nos grabó a Javi y a mí tratando de hacerles salir de la finca, al más puro estilo pasiego después de abrirles la valla eléctrica: la actividad más rupestre que debo de haber hecho en los últimos años.
Me siento un poco extraño de repente, como si no fuera capaz de dibujar los días que sucedieron, ni tampoco los lugares. Cantabria se abrió para mí desde las ventanillas de la furgoneta con sus carreteras rodeadas de verde, con todos sus prados y la infinidad de colinas y con aquella increíble población de vacas. Conduje de Suances a Maliaño, de Suesa a Sarón, de Liérganes a Corbán, de Liencres a Llerana. ¿No te seducen, Tsessé, todos los nombres de esos pueblos? Esles, Selaya, Maoño, Sarón: ¿no te parece que hay magnetismo en sus fonéticas?
De magnetismo, Tsessé, de eso quería hablarte precisamente porque, ¿sabes cuándo te eché más de menos? En la conferencia de Javier San Martín. Fue en casa de Carlos y de Carmen, todos sentados en sillas de plástico en el jardín mientras él comentaba unas proyecciones. Me gustó tanto escuchar a ese hombre que aún muriéndome de frío rehusé ir hasta la furgoneta para abrigarme por no perderme un segundo de su conferencia. Conexiones entre la noche y el arte, Tsessé, ¿verdad que te hubiera encantado?
Javier es profesor en la facultad de Bellas Artes de Bilbao. Daba gusto escuchar cómo se expresaba pero, de repente, refiriéndose a una obra, usó la palabra magnetismo, Tsessé. Dijo “esta obra tiene un fuerte magnetismo” y yo sentí como si hubiera señalado la palabra con un foco y la dotase de energía. Tú ya sabes qué se siente cuando una palabra ingresa en nuestros sentidos con una fuerza renovada (¿recuerdas cuando descubrimos que aquilatar, embotado y desvaído encajaban perfectamente en nuestros párrafos?). Es como si nuestro léxico fuese un equipo de fútbol y acabásemos de hacer un fichaje, o como si palpáramos una fruta en el mercado y le adivinásemos múltiples y suculentos usos. Tonterías, Tsessé, ya lo sé, pero a ti puedo contártelas porque tú también vibras con estas cosas.
Javier hizo algunas referencias a la “gente del mundo del arte” dando por sentado que todos los presentes lo éramos, así que apenas terminó la conferencia me sentí obligado a confesarme. “Pues yo soy profe de mates”, les decía, después de escuchar hablar sobre el Reina Sofía, sobre no se qué galería de Nueva York o sobre la Feria Arco. Tsessé: Javier nos habló de Man Ray, del cuadro de las pesadillas de Füssli, de la tela de araña y las constelaciones de Vija Celmins y yo todo el tiempo pensaba en ti, en cuánto te hubiera gustado escuchar todo aquello.
Quizá deba ir terminando, Tsessé, no tanto por no entretenerte demasiado, sino por ese pudor repentino que a veces aflora cuando enumeramos secuencias donde uno se siente vívido y libre. Pasaron más cosas, por supuesto. Conocí a Jani y a Belén (dos amigos de Gema) y también a Mónica, cuando fuimos con ella a ver Sed de Mal en las antiguas escuelas de Santibáñez. Cómo resumir todos los estímulos en pocas frases. En conversaciones sencillas se consolidan a veces más aprendizajes que en cientos de horas de meditación a solas. Observar a los demás, cambiar el foco, como tú dirías. No sé, Tsessé, quizá me haya extendido demasiado y todo sea, al final, más sencillo. Quizá el orden de las cosas necesite a veces un desorden previo, una ubicación distinta basada en sugerencias nuevas.
En fin, Tsessé, cavilaciones. Cantabria, como todo, también quedó atrás, aunque no terminó ahí mi viaje. Los círculos, Tsessé, siempre los círculos y sus ciclos perfectos. Cuando marché de Cantabria aún volví a ver a los chicos en Valdegovía. Esta vez estaba también Inés y entonces el reencuentro fue como volver a estar en família (ya me entiendes, esa otra familia que sí elegimos). En ese momento el triángulo de furgonetas, las botellas de vino y las ensaladas imposibles representaron el hogar, la morada segura donde reposar sensaciones. En qué distintos animales de costumbres nos convertimos cuando viajamos y con qué velocidad evolucionan esas costumbres. Risas, Tsessé, escalada y risas otra vez, justo antes de partir, carretera al sur, para volver a casa, hace apenas una semana.
Ahora miro atrás y me entristezco. Lo sé, sé lo que estás pensando. Conozco tus frases que abrazan, tu manera de empujarme a seguir sonriendo. Puedes estar tranquilo, volví diferente a cómo me fui y eso era de todo de lo que se trataba. La noche de Cambrils no tiene tantas estrellas pero ya estoy en casa, estoy bien y ahora el silencio me resulta apacible. He aceptado por fin todo aquello que tanto me había esforzado en negar y te aseguro, Tsessé, que bajar los brazos ha sido un alivio, una victoria inconmensurable.
Me voy despidiendo, Tsessé. Triste y feliz, pero me voy despidiendo. No tardes mucho en escribirme. Tengo muchas ganas de saber cómo estás, cómo te fue el viaje por Cantabria, a quién has alquilado la furgoneta, cómo te va por Cambrils.
Lulo, la belleza inútil
Si las teclas de este teclado fueran de piedra las estaría aporreando, desaforado. Escribiría en convulsiones con la esperanza de crear artefactos literarios inmediatos, explosivos, capaces de liberarme de este desasosiego que me hierve los dedos. Qué poco debo haber aprendido si aún pretendo apagar fuegos aplastando leña sobre ellos. Al final, por suerte, la realidad es más sabia y las teclitas de plástico de este ordenador portátil me inducen a la calma precisa de siempre, a esta estética estudiada de letras y de palabras, de comas y de puntos. Termino acariciando el teclado sintiéndome músico, meditando lo que escribo, revisándolo y reescribiéndolo, todavía pensando en qué estoy diciendo, sobre qué estoy escribiendo. Detecto entonces con claridad una presencia (un niño, un hombre, una mujer) que me empuja a estar aquí, hablándole a la noche. Lo siguiente es puro ritual. Me sirvo más vino, me lío otro cigarrillo y espero al habitual desplome de contenidos de donde servirme. La soledad -me dicta esa voz que acaricia teclitas- la soledad es esta bóveda de compartimentos, de habitaciones numeradas donde siempre es posible escuchar el pasado. Su relato es variable pero hoy se me incrusta en las sienes como una película de lo que ya he vivido. Quizá sea eso, al final, todo lo que tengo. De poco me sirve indagar más, como hago en las largas conversaciones conmigo mismo, o pensar en guiones para eso que voy a vivir a partir de ahora. No. Me satisface, de repente, rehusar toda estrategia. Cualquier conato de conclusión está escrito en un lenguaje indescifrable, una especie de código dinámico que se complica a medida que se resuelve. Bajar los brazos me resulta entonces un alivio victorioso, un modesto triunfo de mi pensamiento. Reviso de nuevo estas líneas y me convenzo de la bondad de su vacío. De pasar el rato: de la maravillosa inutilidad de la literatura, se trata, al fin y al cabo.
El señor Sú, la tarde
La tarde establece tránsitos lánguidos. La siesta atenúa los propósitos de la mañana y el ensueño nocturno aún es lejano. Estoy en la playa. Montar en la bici, atarla a un árbol, entrar en el mar, volver a la arena, fumar un cigarrillo, abrir un libro, cerrar los ojos. El ritual de siempre. Me pongo las gafas de sol y medito. No despacho pensamientos, ni me dejo llevar por visiones. Hoy me dedico a abrazar recuerdos. Los que entristecen, los que alivian, los que afloran por sí solos. No les juzgo, ni me enfrento a ellos. Son mis fracasos, mis éxitos, mi realidad y también mi esperanza. Hago como explican que debe hacerse y antes de dejar partir todo aquello que duele, primero lo acojo, lo escucho y lo razono. Siempre hay una manera de cambiarle la forma a los pensamientos. De repente me recuerdo hace veinte años. Entonces también meditaba, aunque de otra manera. Me pregunto qué es lo que realmente ha cambiado desde entonces. Sigo observándome con la actitud de un estadista. Las estampidas, las dulzuras, los deseos solapados. Todo eso vive en mí. Yo soy todas esas voces, todas esas habitaciones. Me escucho, me tolero, me intuyo y me comprendo, todo a la vez y sin ningún propósito más allá de estas respiraciones, de esta inspiración consciente con mi latido de fondo. Respirando percibo eso que soy cuando nadie me mira. Expulso el aire ensuciado y vuelvo a inspirar. Cierro los ojos y ahora sí, me pierdo en visiones que me sugiero. El barrido de las olas suena a ritmos irregulares. Subo un poco el mentón y dirijo mi rostro hacia el sol. Por un momento me creo capaz de abarcar por completo la complejidad de la mente. Parece tan sencillo que debe de serlo.Nune, la soledad
La soledad es un haz de planos superpuestos. Encima de ellos hay un silencio inmutable y hermoso, al que solo interrumpen los pensamientos. Su danza arbitraria y geométrica nos muestra entonces una cara u otra, según en qué punto nos coloquemos. Es nuestra elección moldear su estructura. Cuando la mente no calla o no elige bien sus delirios, el silencio es pesado y la soledad es un inhóspito enjambre de pérdidas. El nido de cráteres enquilosados se parece entonces a un pulso obsesivo con las tinieblas. Por suerte, la luz está siempre a la vuelta de la esquina. El observador sabio y compasivo, el que elige salvaje y correctamente, desliza entonces el centro de coordenadas y se sitúa en mejor posición. De la intuición coherente aflora una dicha más pura y se puede sentir el amor a uno mismo. En ese momento la soledad es un polígono rico en frecuencias, en espacios mentales donde no hay errores, dolor, ni contradicciones. Ese, y no otro, es el aprendizaje último del ser humano. La soledad. Los demás (la sociedad, el amor) son un mero reflejo de ella. Y la calidad de los unos depende de la consistencia de la otra.
Lulo, una sucesión de partículas hermosas
Anoche viví una transformación sensible. Eran las seis, seis y media de la mañana y volvía a casa después de una fiesta en la playa. Gente, copas, conversaciones efímeras y bailes descalzos, y después bicicleta y paseo marítimo, muy a lo anuncio de Estrella Damm. Antes de subir a casa me paré en la playa y, con la mente aún vaporosa, observé los tonos que la luz proponía. Quizá porque el cielo estaba nublado, los colores convergían de un modo calmado. El negro indistinto daba paso a unos grises nostálgicos, transversales y diversos, poco habituales. Todo lo que la noche había escondido renacía afectado de sutilezas nuevas, inéditas en verano. La lección cromática era significativa. Los impacientes solemos esperar a que los ciclos se sucedan con cambios de plano instantáneos. Pero no suele ser así. El fin de un proceso viene ajustado por largas esperas, con la parsimonia de las progresiones lentas. Eso fue lo que comprendí. Meses después de esforzarme en luchar, de golpear los moldes del escenario para forzar cambiarlo, percibí el cambio como el culmen de una ceremonia. Las etapas de dolor habían llegado a su fin cuando menos lo esperaba, de la manera que menos esperaba. En ese momento, la idea del tiempo se me antojó diáfana. La línea del horizonte, obstinada y planísima, me guiñaba el ojo y sostenía el mar, tranquilo y sonriente. Pasaron los minutos y la cruda mañana amenazaba el lapso. Hambriento, subí a casa. Hoy, hace un momento, he vuelto al mismo lugar de anoche. Una banda de jazz cantaba a Nina Simone. Todavía les oigo desde el balcón. Creo que el cambio se ha consumado, porque el mundo me parece ahora una sucesión de bellezas, un cúmulo de partículas hermosas que lo cubren todo.
El señor Sú, las rupturas
Aunque barajasen distintos conceptos, todos venían a decir lo mismo: que aquello era un proceso natural, que el tiempo lo curaría todo, que la única alternativa era pasar página. Les escuchaba incluso hablar, como si se tratase de un mesías, del concepto del desapego, de sus maravillosas ventajas espirituales. Simplificaciones, insuficiencias graves, me decía a mí mismo. A mí nada de aquello me bastaba y en aquel momento me exigía un aquilatamiento más riguroso. Nunca se me había dado demasiado bien, así que esta vez me propuse escuchar a mis sentimientos, tirar del hilo del que se descolgaban y observarlos con la lupa de la comprensión. Analizaba, con exactitud de ajedrecista, el trazo y el desenlace de cada ruta, de cada secuencia de emociones. O al menos eso creía que hacía. En aquellas disecciones tenía siempre la sensación de que me enfrentaba a algo más, a algo más pesado y anquilosado que el propio lenguaje, aunque también más lejano e inasible. Era como si me estuviera acercando a mi propia alma. Trataba entonces de cazarla con mis dedos y, a pesar de conocerla, de entreverla por segundos en sus intersticios, al final se me escapaba, se plegaba sobre sí misma y me sorprendía con nuevos giros, nuevos vectores y nuevos escenarios que lo modificaban todo, aunque solo fuera un poco. La lucha a veces llegaba a ser indigna y el dolor se retorcía en una constricción del pecho que ascendía hasta las lágrimas con la facilidad del aire. Entonces me acordaba de Marisa, de su fuerte acento colombiano, y de las palabras de su abuelo. “Usted, amigo mío, en este mundo está solo”, decía don Mario, un hombre que se había pasado veinte años en el amazonas viviendo de su propia pesca. Quizá solo se trataba de eso al fin y al cabo, de sostener el vacío, de crecer en la ausencia. Pero no. Yo leía a Delibes, leía a Cortázar, y me esforzaba en crear los puentes que habían de desconectarme de aquellas tinieblas, de aquella soledad de ruidos embotados, casi forzados, de tan mentales. En aquel momento, en aquel descenso a lo exangüe, yo me resistía al desarrollo, me anclaba en un pasado moribundo y solo era capaz de abrazarme al tiempo, a su lentitud minuciosa y terrible. Por suerte, bajo el extenso catálogo de conclusiones debía de subyacer una especie de fe en mí mismo, porque me parecía intuir que los aprendizajes habían calado, que la salida estaba cerca. Solo era cuestión de inercias, de fuerzas. Al final, yo lo sabía, la vida vencería y volvería a encontrarme en mi guarida, en el manantial purísimo de donde tantas veces había bebido. Terminaría, resignado, dándoles la razón a todos. Aquel era un proceso natural, el tiempo lo curaría todo y la única alternativa era pasar página. La serenidad tampoco era una meta, sino un camino.
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