Lulo, las teleseries.

Lulo se presenta una tarde de septiembre en las oficinas de un canal de televisión para proponer que, por sorpresa, en uno de los capítulos de su serie más popular, no suceda nada. Su idea es que, la serie, habitualmente llena de tramas, intrigas y giros argumentales, se transforme durante un capítulo en una representación del vacío, de la rutina, de la ausencia de emociones.
-Se trata de mostrar lo que pasa cuando no pasa nada -les dice.
Su propuesta es rechazada de inmediato. Ningún espectador va a aceptar que su dosis diaria de entretenimiento se vea sustituida por una serie de secuencias deliberadamente desprovistas de interés.
-No escribimos guiones para que los telespectadores se aburran -le dicen.

De camino a su casa después de la corta e infructuosa entrevista en las oficinas del canal de televisión, Lulo piensa en su idea. La visualiza con claridad. En el capítulo se vería a un hombre entrar en su casa, sentarse en el sofá, y abrir un libro. El hombre iría pasando páginas lentamente durante tres minutos. Después entraría una mujer, pero en un principio no se dirían nada. Ella se iría a la cocina, cogería una manzana de la nevera, se la comería sentada a la mesa, y quizá después saludaría al hombre. Hola, qué haces, leer, ah, y tú, nada, merendar... Y ya está. No se dirían nada más, cada cual a lo suyo durante otros tres minutos más. El capítulo seguiría en la misma tónica: encadenando escenas donde no pasara nada excepcional, hasta el final.

Después de la entrevista, uno de los guionistas también piensa en la idea de Lulo. Algo le dice que no es tan estúpida, y que quizá hayan hecho mal rechazándola tan rápidamente. En privado, habla con uno de sus compañeros.
-Si emitiéramos un capítulo así -le dice-, ¿no sería tanta la sorpresa producida, que quizá se generasen unas expectativas que nos aumentaran la audiencia?

Lulo abre la puerta de su casa, entra en el salón, y se sienta a leer en el sofá. Pasa las páginas muy lentamente. Unos tres minutos después, alguien entra también en casa. Lulo deja de leer y escucha, pendiente de oír un saludo. Pero no oye nada. Al poco, una mujer se sienta a la mesa con una manzana en la mano.
-¿No hacen ahora la teleserie aquella que tanto te gusta? -le pregunta.
-No -miente Lulo.

El señor Sú y los juegos de palabras

Al señor Sú le divierten los juegos de palabras de una manera casi obsesiva. Se entretiene contínuamente en tomar sílabas prestadas de una palabra y ponérselas a otra, añadir una letra o un sonido aquí o quitárselos allá, y así formar nuevas expresiones parecidas a las originales pero que no tengan, en principio, nada que ver con ellas. Su especialidad es tomar palabras aisladas y conseguir hacerlas aparecer con distinta función en medio de otro contexto, sin más intención que una mera permutación ociosa. A veces también investiga en otras variaciones más retorcidas, siempre con la intención de crear nuevos contenidos a partir de los existentes. El resultado termina siendo una muestra generalmente divertida de cuán cerca pueden estar fonéticamente, mensajes muy diferentes en lo semántico.

El origen de su fuente de datos es, quizá, el único problema aparente. Es muy habitual que el señor Sú sea incapaz de seguir una conversación, porque su mente se quede atrapada en algún juego de palabras que se le haya ocurrido después de que alguien haya dicho esto, o lo otro. Esto hace que, si uno charla por primera vez con él, piense que no está prestándole la debida atención o que, simplemente, es un viejo que roza la senilidad. El hecho, además, de que no siempre comparta sus juegos de palabras, hace más difícil la comunicación con él, especialmente si no se le conoce. Solo los que sabemos en qué tipo de juegos lingüísticos se entretiene, podemos compartir con él algunos de sus silencios, tratar de adivinar el porqué de la última de sus carcajadas, o acaso comprender alguna de sus ocurrencias.

El señor Sú solo verbaliza en voz alta unas pocas de sus creaciones, y la verdad es que suelen ser siempre verdaderamente ingeniosas. Estoy seguro de que si su cerebro llevase algún tipo de altavoz para que se pudieran oir esos juegos de palabras espontáneos que suceden en su cabeza, el resultado sería una composición absolutamente caótica, absurda e hilarante y que, sin embargo, estaría en total consonancia con la sonrisa de serena felicidad que suele presidir su rostro arrugado y de mirada sabia.

Nune, las sombras

Nune percibe en las sombras la esencia de quién las proyecta. Esta capacidad de inversión de contenidos la mantiene atentísima a todo cuánto la rodea. Si las formas son claras, polígonos sencillos a veces incluso fácilmente nombrables, entonces la experiencia es agradable. Es como si captara la historia de los objetos, casi como si pudiera leer en su sombra sus recuerdos y, por lo tanto, todo el recorrido de sus emociones. No está al alcance de cualquiera entender la postura estricta de una farola, o la obstinada impaciencia de una bandera que ondea al viento.

Nune percibe en sus sombras sus rasgos más íntimos, y distingue entre objetos distintos, porque todos los objetos son distintos. La sombra de arrepentimiento de una taza de té sobre la mesa de una terraza no tiene nada que ver con la firmeza inequívoca de la misma taza, apenas dos horas después, cuando el sol está a punto ya de marcharse, y las figuras maduran en longitudes distintas, sobre la misma mesa, en la misma terraza. Nune es sensible también a estos cambios, y se deleita en observarlos. Sus ojos se pierden en algún punto inconcreto, y entonces ya es obvio que ha entrado en alguna de sus lecturas. A veces se emociona, a veces se enfada, y a veces también -por supuesto- se aburre.

Solo a veces, cuando la exigencia geométrica es demasiado alta, hay una ruptura entre la conexión de Nune y las sombras. Las redes cartesianas de rejas, barandillas y barrotes, o las inverosímiles combinaciones de algunos perfiles, terminan provocando inabarcables posibilidades que superan la capacidad de Nune. En esos casos se ofusca, se la ve negar con la cabeza repetidas veces, cambiar de postura de manera inquieta, o exigir cambiar de lugar, o seguir caminando. Lo sabe, ella lo sabe. Sabe que no hay manera de evitar esas sombras. Pero sabe también que no hay entrenamiento que pueda cambiar las sensibilidades.

Lulo, los procesos


Lulo entendió que el suyo sería un proceso irregular, una sucesión imprevisible de intensidades. Sus rutinas apenas cambiaron, ni tampoco lo hicieron sus pensamientos. Solo de vez en cuando, muy localizados detrás del cuello, sentía unos ascensos repentinos de algo que se parecía mucho a la obligación, como si algo o alguien le estuviera dictando de qué manera debía sentirse. Sin embargo, le resultaba sencillo librarse. Somos animales de costumbres, se repetía. Y el dolor es siempre transitorio.