Nune, las conversaciones

El conflicto de Nune en las conversaciones era complejo. Por una parte, analizaba las frases que escuchaba desde un punto de vista estrictamente semántico, como si todo pudiera deducirse de la literalidad. En esa actividad encontraba intersticios donde se divertía, insinuaciones que se desviaban, contrasentidos, o informaciones que aparecían veladas. Era, por así decirlo, un ejercicio puramente mental. Sin embargo, no podía evitar fijarse también en todo aquello que llaman el paralenguaje: las modulaciones de la voz, la gestión de los silencios, el peso asignado a cada palabra. Si la conversación era un diálogo y el tema se mantenía constante, la lectura resultaba más o menos sencilla. Era en las conversaciones de grupo donde la multiplicidad de variables y giros temáticos lo complicaba todo. Si solo se fijaba en los matices, entonces tenía la sensación de que había una segunda conversación detrás de la verbal. Ese pozo sin fondo de los afectos era sin duda mucho más interesante, pero también más difícil. Por eso a ratos volvía a los otros análisis, los que no se movían del plano racional, no solo para tomar aire y descansar, sino a menudo también para no perder el hilo. Era, en definitiva, una escucha atenta y al mismo tiempo dispersa, que andaba frívola sobre lo racional, y concienzudamente empática sobre lo emocional. El único momento en que todos los canales se cerraban era cuando le tocaba intervenir. Rechazada la posibilidad de hablar y escucharse al mismo tiempo, encontraba también fascinante la elección de sus propias frases. Desde el enfoque mental se preguntaba de qué lugar exacto provenían sus palabras. Desde el emocional pasaba lo mismo. De vez en cuando asomaban a su discurso luces, sombras o reflejos que aún no había percibido. Tanta riqueza en las lecturas, tanta profundidad en las interpretaciones, terminaban dejándola satisfactoriamente exhausta. Afortunadamente, la comunicación entre personas era una fuente de conocimiento que no daba indicios de tener fin.

El señor Sú, las dedicatorias


Esta canción se la dedicamos a Juan, que estuvo ahí cuando todos pensaban que solo podíamos dedicarnos a la petanca; a Baldiri, que siempre tuvo una palabra amiga aunque las cosas salieran desastrosamente mal; a Rebeca, por su kit de supervivencia en situaciones inhóspitas; a Luis, que nos sacó del peor de los malentendidos con un único y despreocupado abrazo; a Jonas, que sirve los mejores tequilas de toda Nicaragua; a Petit, que supo siempre reconducirnos por los caminos que a todos nos convenían; a Paula, cómo no dedicarle a Paula almenos un ínfimo porcentaje de todo lo que ella nos ha dedicado a nosotros; al padre de Rubén, por llevarnos aquella noche de infierno de Noviembre al pub irlandés más roto de Barcelona; a Brenda, por sus clases de inglés entre despedidas y reencuentros; a Leandro, por su interminable y esperanzadora verborrea...

Y en fin, sucedió que así, poniéndose a dedicar, dedicaron la canción a todos sus contactos y a todas sus relaciones generando una enciclopedia de las dedicatorias, algo así como una biblioteca de Babel de las dedicatorias o una sucesión de Fibonacci de las dedicatorias o, en definitiva, una infinitud de comparaciones de lo metafóricas que pueden pretender ser las dedicatorias hasta el punto de llegar a compararlas con las propias dedicatorias en una especie de autoreferencia entre dedicatorias y comparaciones de dedicatorias con sujetos y escenas de dedicatorias, rizando el rizo hasta cerrarlo en una última y definitiva dedicatoria que debería dedicarse a sí misma la última de las comparaciones de dedicatorias, una dedicatoria que sería tan sencilla que bastaría con decir Basta, no dedicamos esta canción a nadie, negamos el concepto de dedicatoria y rehusamos su ejercicio de una vez por todas como si fueramos el más terco Bartleby y abandonásemos muy de repente la actitud dedicatoria para entrar también muy de golpe en un estricto y espeluznante silencio con el que, de paso, estaríamos expresando sin vergüenzas, etiquetas o prejuicios, la más indómita e inclasificable dedicatoria que jamás se le haya dedicado a una comparación de dedicatorias dedicadas a escenas y relaciones de dedicatorias ni, por supuesto, a ninguna dedicatoria.

Lulo, la erudición ajena.

Cuando Lulo leía a esos autores que saben tanto de literatura, que dan referencias y símiles de otros textos y otros autores, muy a lo Borges, o Vila-Matas, topaba siempre con el punto de análisis de la ignorancia, del asentir casi temerario, cuando uno cree que aprende, cuando en realidad solo observa. Con esos autores la lectura era más un proceso de análisis que de gozo -por así decirlo- y se sentía gravemente inferior. Ese era, de todas formas, el principal aliciente pues, ¿quién no vierte su arrogancia cuando lee, cuando escucha historias ajenas, más ávido de empatizar con la propia experiencia, que pendiente de los nuevos aprendizajes? Lulo era egocéntrico y egocentrista, como todos los que acuden a las conversaciones deseosos de participar, más que de escuchar. Y por eso en aquellas dosis de intelectualidad pasiva obtenía el placer humilde del alumno, la mano en el pecho que sosiega, la brisa silente que enmudece.

El señor Sú, la magia, y el ritmo al que suceden las historias reales

Tampoco parece demasiado irresponsable pensar que nos limitamos a ser sentencias dejadas ir, combinaciones verbales expulsadas de algo o de alguien, como voces lanzadas al aire a la espera de ser recogidas, las más afortunadas también amadas. Yo, que cuando comprendo nunca lo hago en silencio, he dejado ir (a veces resulto incomprensible, también lo sé) tantos vectores, que si es verdad que un atractor (este sí, silencioso) lo está esperando todo en algún lugar de entre todas las bibliotecas, entonces al menos por un instante (ese magnífico centro que, también lo sé, ni siquiera es probable que exista) no escucharé otro lenguaje que el sentir, que el sentir como si todo mi ser se concentrara en un levísimo acceso que me respirase, o en una de esas carcajadas implícitas que suceden en los ojos, o quién sabe (y qué más da, ponerse ahora a definirlo), como si fuera de verdad cierto todo aquello que se queda siempre fuera de las palabras.