El señor Sú, las rupturas

Aunque barajasen distintos conceptos, todos venían a decir lo mismo: que aquello era un proceso natural, que el tiempo lo curaría todo, que la única alternativa era pasar página. Les escuchaba incluso hablar, como si se tratase de un mesías, del concepto del desapego, de sus maravillosas ventajas espirituales. Simplificaciones, insuficiencias graves, me decía a mí mismo. A mí nada de aquello me bastaba y en aquel momento me exigía un aquilatamiento más riguroso. Nunca se me había dado demasiado bien, así que esta vez me propuse escuchar a mis sentimientos, tirar del hilo del que se descolgaban y observarlos con la lupa de la comprensión. Analizaba, con exactitud de ajedrecista, el trazo y el desenlace de cada ruta, de cada secuencia de emociones. O al menos eso creía que hacía. En aquellas disecciones tenía siempre la sensación de que me enfrentaba a algo más, a algo más pesado y anquilosado que el propio lenguaje, aunque también más lejano e inasible. Era como si me estuviera acercando a mi propia alma. Trataba entonces de cazarla con mis dedos y, a pesar de conocerla, de entreverla por segundos en sus intersticios, al final se me escapaba, se plegaba sobre sí misma y me sorprendía con nuevos giros, nuevos vectores y nuevos escenarios que lo modificaban todo, aunque solo fuera un poco. La lucha a veces llegaba a ser indigna y el dolor se retorcía en una constricción del pecho que ascendía hasta las lágrimas con la facilidad del aire. Entonces me acordaba de Marisa, de su fuerte acento colombiano, y de las palabras de su abuelo. “Usted, amigo mío, en este mundo está solo”, decía don Mario, un hombre que se había pasado veinte años en el amazonas viviendo de su propia pesca. Quizá solo se trataba de eso al fin y al cabo, de sostener el vacío, de crecer en la ausencia. Pero no. Yo leía a Delibes, leía a Cortázar, y me esforzaba en crear los puentes que habían de desconectarme de aquellas tinieblas, de aquella soledad de ruidos embotados, casi forzados, de tan mentales. En aquel momento, en aquel descenso a lo exangüe, yo me resistía al desarrollo, me anclaba en un pasado moribundo y solo era capaz de abrazarme al tiempo, a su lentitud minuciosa y terrible. Por suerte, bajo el extenso catálogo de conclusiones debía de subyacer una especie de fe en mí mismo, porque me parecía intuir que los aprendizajes habían calado, que la salida estaba cerca. Solo era cuestión de inercias, de fuerzas. Al final, yo lo sabía, la vida vencería y volvería a encontrarme en mi guarida, en el manantial purísimo de donde tantas veces había bebido. Terminaría, resignado, dándoles la razón a todos. Aquel era un proceso natural, el tiempo lo curaría todo y la única alternativa era pasar página. La serenidad tampoco era una meta, sino un camino.

Lulo y Nune, salir a andar

Hubo un tiempo en que Lulo y Nune salían a andar. La mejor época era la primavera, cuando el cambio horario desplazaba de un golpe las horas de luz y el anochecer se demoraba hasta las ocho y media, o las nueve. A veces, en el apartamento de playa donde vivían, les bastaba con una mirada para entenderse. El recuerdo de los meses de invierno aún estaba presente en las rutinas y la luz que entraba por el balcón los despertaba de ese letargo acumulado. El sol se ponía por el lado contrario pero se adivinaba su fuerza con facilidad. Conocían sus agendas mútuas y si ninguno de los dos tenía ocupaciones, entonces sabían que la tarde era propicia. La expresión de sus rostros, de sus cuerpos flotantes y deseosos era suficiente, y quizá un arqueo de cejas de él, o una inmovilidad de ella en el centro del comedor, resolvía el asunto en un solo instante. ¿Vamos a caminar? Diría ella. Vamos a caminar, respondería él.

Quizá en la impaciencia de él o en la prisa en cambiarse de ella olvidarían besarse, pero a los dos les alegraba ese mútuo acuerdo y no tardarían en hacerlo. Bajaban las escaleras hacia el portal que comunicaba con la misma playa y siempre tomaban la misma dirección, hacia la derecha, hacia donde el paseo serpenteaba con las palmeras a un lado y la lánguida playa al otro. Sería un martes o un miércoles de abril o de mayo, y el turismo aún era leve. Empezaban un conversación intrascendente y dejaban que el ritmo tenue de la travesía les avivara la sangre. Compartían silencios, contemplaban el aire y repasaban los temas de siempre. Quizá en aquella serenidad residía el amor, pensaba él, el verdadero afecto que había trascendido las pasiones, las urgencias del enamoramiento. Cuando llegaban al final del paseo se sentaban en uno de los bancos que daba a un pequeño parque para niños. En ese momento siempre se abrazaban, se besaban lentamente, y quizá ella decía Te quiero, o él insistía en sus bromas sobre lo guapa que le parecía.

El regreso era un ascenso hacia dos espacios que convergían. Un camino imantado que desharía el paseo y que terminaría en la cama, en el sofá, o en cualquiera de los lugares donde hacer el amor resultara apropiado. Quizá ella lo empujaría hacia la habitación, o quizá fuera él quien la desnudase en el pasillo. Poco importaba. Se besaban y se abrazaban y se envolvían en un privilegio, en una necesidad de cuerpos activos, de lenguas y manos y pechos y piernas, de ángulos donde él la admiraba, de dominaciones sexuales a las que los dos jugaban.

El señor Sú, ella

Y qué, si de nuevo me dedico a escribir una lista, un desplegable caduco que capture las lágrimas, las presiones en el pecho y los ojos, o los recuerdos que insisten en que sí, en que todo aquello fueron tiempos felices. Porque no soy capaz de mentirme. Todo lo relacionado con ella está ahora envuelto en una burbuja intocable que se aleja como una mentira redactada a destiempo, hecha de pasado, de película que no termina de acabarse. Lo sé, el paso del tiempo sosiega y acerca el núcleo a su guarida, igual que el tránsito entre ajetreos, entre distracciones y éxodos, dibuja en el aire trazos abstractos, direcciones y necesidades. Pero soy, también lo sé, el último responsable de mis líneas de tiempo, el más libre dueño de ellas. Si la tarde es densa e innecesaria, yo no quiero saber mentirme. No quiero fingir que no la alcanzo por momentos, que no rescato su aliento, que no estoy donde ella, esté donde esté, lo que me queda de ella. Aunque solo sea mientras escribo estas líneas, renuncio a vivir y la recuerdo a ella.