Nune, carta a Tsessé

Querido Tsessé,

Te escribo desde Cambrils. Llegué a casa la semana pasada y en pocos días empiezo el curso. He alquilado la furgoneta para sacarme un dinero así que, a excepción de alguna escapada en tren a Barcelona, ya no voy a moverme de aquí. Te escribo, también, desde una dulce melancolía (sí, ya lo sé: si es melancolía es de por sí dulce pero ¿qué crees, que no me gusta provocarte?, me divierte evocar esa cara de aprendiz de escritor que ponemos cuando enumeramos esas redundancias predictibles, esas consabidas estructuras, creyéndonos listos).

Sí, Tsessé, te escribo desde una dulce melancolía pero también desde una paz inédita. Una paz que, como bien sabes, llevo un tiempo persiguiendo. Todo empezó en Valdegovía, en las risas con Oscar, con Pati, con Creix, con Siscu, con Lynne y por supuesto con Álvaro. Los chicos escalaban por las tardes (ya sabes que yo ando siempre agobiado por las lesiones, ahora el hombro, ahora el antebrazo, ahora los pies) así que mientras ellos ascendían en caricias elásticas como arañas pegadas a la roca, yo me limitaba a leer, a pasar el rato en aquellos valles magníficos, tan de postal. Qué curioso, Tsessé, darse cuenta de lo urbano que uno es, cuando la sola presencia de vacas, de caballos mansos que se te acercan y se dejan acariciar te sigue azorando como si fueras un niño.

Después, cuando los chicos ya le habían dado sus pegues a las vías, cuando ya las habían encadenado, las habían desmontado y habían recogido sus cintas, sus pies de gato, sus arneses y sus guías de sectores, entonces volvíamos a la campa y bebíamos, comíamos y reíamos. Para ese deporte aún no estoy lesionado, Tsessé, ya me conoces y verdaderamente fue ahí donde empezó a cambiar todo. Abres la puerta corredera de la furgoneta y sacas la comida, la bebida y las sillas; la perra ("Chica", ¿la recuerdas?) se escapa arriba y abajo con los demás perros; hay apenas un par de furgonetas más allá y las nuestras forman un triángulo, un fuerte: lo más parecido a una acampada pero con esas comodidades que a nuestra edad ya nos gusta tener, Tsessé, que ya tenemos casi cuarenta años.

Sí, Tsessé, ahí empezó a cambiar todo. Estar con gente que tiene ganas de estar bien es delicioso. Tanto como las noches, como el cielo estrellado. En eso soy fácil de impresionar, recuerda que soy de Tarragona y aquí el cielo es pésimo. Pero en Álaba la noche, sus estrellas, su silencio fresco y cerrado, comparado con el bochorno de las playas turistas, Tsessé, era poco más que un privilegio, ojalá lo hubieras vivido.

La magia de los viajes es sorprendente, más de una vez me lo has dicho tú mismo. El tiempo se multiplica en sus amplitudes y aunque apenas pasé un par de días con los chicos, me parecieron semanas. Para cuando me marché (dejando atrás la escalada, el triángulo de furgonetas y las botellas de vino), yo sentía que las cosas iban por buen camino. El viaje de ida había sido un tanto extraño con algunos amarres al pasado todavía latentes. El whatsapp es la nueva imposibilidad de abstraerse, me lo has comentado repetidas veces. Pero yo proseguía en mi empeño (a veces eso es lo único que hace falta) y después de perderme durante horas por los valles pasiegos, finalmente entré en Cantabria, un territorio que, para mí, en aquel momento, Tsessé, no te exagero, representaba la tierra prometida.

Después de las curvas, la niebla y el puerto de Lunada, llegó la recompensa, Tsessé. Lo pienso y me duele como si me estuvieran mordiendo: ¡cuánto te hubiera gustado conocer a Gema! Gema tiene un candor lúcido, una inteligencia sensible que te encantaría. La conocí en Londres (¿te hablé nunca de ella?, no me extrañaría que lo hubiera hecho). Vive en Madrid pero me recibió en la casa de sus padres, en Maoño. Los días en Cantabria no hubieran sido lo mismo sin Gema, Tsessé, de verdad me gustaría que algún día la conocieses. Sí, ya sé lo que estás pensando: es probable que en ti no provoque el descenso de pulsaciones, el sutil sosiego que a mí me produce. Probablemente todo eso esté solo entre ella y yo, solapado entre todo lo que compartimos en Londres, en Toledo, en Madrid o en Brighton. Pero, igualmente, Tsessé, estoy seguro de que te cautivaría si te llevara a las playas de Covachos, de Cuchía o de Langre, o te llevase a comer bonito -o sardinas- a Pedreña, o a degustar los huevos de su padre (sí, Tsessé, la broma fue inevitable, su padre tiene un corral con gallinas y ni él ni yo pudimos contener el humor léxico). Todo, Tsessé, aderezado con esa parsimonia con la que nos movíamos cuando descendíamos por aquellos senderos altísimos hasta la playa, Chica enloquecida persiguiendo vacas, rodeados los tres de esa mezcla de colores del paisaje cántabro los cuatro, cinco, seis días soleados que nos regaló el clima.

Naturaleza, sí, pero ¿qué somos, Tsessé, sino acumulaciones de pasados, movimientos en tránsito y relaciones con personas? Gema serenó mis emociones y después Javi las iluminó, por mucho que lloviese cuando llegamos a Esles. Ah, Tsessé, tú ya sabes el miedo que me producen los desniveles, una fobia que nació hace años en aquella maniobra imposible en no sé qué montaña de Girona. Cómo llovía, Tsessé, tú no sabes cómo llovía y qué poco se veía por el cristal de la furgoneta, el camino recio y pedregoso y encima de noche, Gema diciéndome “No mires al precipicio” y yo pensando en Girona, percutiendo contra ese miedo irracional, siguiendo al coche de Mariajo como si fuera una luz al final del túnel.

Pero como siempre, nada, Tsessé, nada de lo que tememos en esas zonas absurdas de la mente termina sucediendo y cuando llegamos a la cabaña ahí estaban Belén, Jarret, Ruth, Manuel, Rubén y por supuesto, Javi. De Javi seguro que ya te he hablado, su porte tranquilo, su humor sencillo y su genuino carisma. Pero de quien no debo de haberte hablado es de Belén. Qué bien nos sienta cuando un buen amigo encuentra una pareja que uno cree que le va perfecta. Belén también es artista, es guapísima y su conversación fluye con naturalidad. Esa noche después de charlar de tangas o del mundo del arte nos pusimos todos a bailar y de todo ello, de los chupitos de vodka que Belén trajo de Moscú, de Javi enfrascado en sus movimientos graciosos o de Ruth enseñándome sus obras geométricas, sin duda me quedo con el paso de Lola Flores que me enseñó Mariajo. Ah, Tsessé, qué prendado te quedarías de la energía de Mariajo, de su hilo de voz delicado y justo, de la belleza felina que esconde en su baile esa mujer morena, de pelo rizado y mirada firme.

¿De qué está hecha la ternura que provocan los buenos recuerdos, Tsessé? Ya, ya lo sé. Qué poco importa, de qué está hecha, estás pensando. Una mañana, por ejemplo, me despertaron los ladridos de Chica, que se había topado con unos burros frente a la furgoneta. Creo que Belén nos grabó a Javi y a mí tratando de hacerles salir de la finca, al más puro estilo pasiego después de abrirles la valla eléctrica: la actividad más rupestre que debo de haber hecho en los últimos años.

Me siento un poco extraño de repente, como si no fuera capaz de dibujar los días que sucedieron, ni tampoco los lugares. Cantabria se abrió para mí desde las ventanillas de la furgoneta con sus carreteras rodeadas de verde, con todos sus prados y la infinidad de colinas y con aquella increíble población de vacas. Conduje de Suances a Maliaño, de Suesa a Sarón, de Liérganes a Corbán, de Liencres a Llerana. ¿No te seducen, Tsessé, todos los nombres de esos pueblos? Esles, Selaya, Maoño, Sarón: ¿no te parece que hay magnetismo en sus fonéticas?

De magnetismo, Tsessé, de eso quería hablarte precisamente porque, ¿sabes cuándo te eché más de menos? En la conferencia de Javier San Martín. Fue en casa de Carlos y de Carmen, todos sentados en sillas de plástico en el jardín mientras él comentaba unas proyecciones. Me gustó tanto escuchar a ese hombre que aún muriéndome de frío rehusé ir hasta la furgoneta para abrigarme por no perderme un segundo de su conferencia. Conexiones entre la noche y el arte, Tsessé, ¿verdad que te hubiera encantado?

Javier es profesor en la facultad de Bellas Artes de Bilbao. Daba gusto escuchar cómo se expresaba pero, de repente, refiriéndose a una obra, usó la palabra magnetismo, Tsessé. Dijo “esta obra tiene un fuerte magnetismo” y yo sentí como si hubiera señalado la palabra con un foco y la dotase de energía. Tú ya sabes qué se siente cuando una palabra ingresa en nuestros sentidos con una fuerza renovada (¿recuerdas cuando descubrimos que aquilatar, embotado y desvaído encajaban perfectamente en nuestros párrafos?). Es como si nuestro léxico fuese un equipo de fútbol y acabásemos de hacer un fichaje, o como si palpáramos una fruta en el mercado y le adivinásemos múltiples y suculentos usos. Tonterías, Tsessé, ya lo sé, pero a ti puedo contártelas porque tú también vibras con estas cosas.

Javier hizo algunas referencias a la “gente del mundo del arte” dando por sentado que todos los presentes lo éramos, así que apenas terminó la conferencia me sentí obligado a confesarme. “Pues yo soy profe de mates”, les decía, después de escuchar hablar sobre el Reina Sofía, sobre no se qué galería de Nueva York o sobre la Feria Arco. Tsessé: Javier nos habló de Man Ray, del cuadro de las pesadillas de Füssli, de la tela de araña y las constelaciones de Vija Celmins y yo todo el tiempo pensaba en ti, en cuánto te hubiera gustado escuchar todo aquello.

Quizá deba ir terminando, Tsessé, no tanto por no entretenerte demasiado, sino por ese pudor repentino que a veces aflora cuando enumeramos secuencias donde uno se siente vívido y libre. Pasaron más cosas, por supuesto. Conocí a Jani y a Belén (dos amigos de Gema) y también a Mónica, cuando fuimos con ella a ver Sed de Mal en las antiguas escuelas de Santibáñez. Cómo resumir todos los estímulos en pocas frases. En conversaciones sencillas se consolidan a veces más aprendizajes que en cientos de horas de meditación a solas. Observar a los demás, cambiar el foco, como tú dirías. No sé, Tsessé, quizá me haya extendido demasiado y todo sea, al final, más sencillo. Quizá el orden de las cosas necesite a veces un desorden previo, una ubicación distinta basada en sugerencias nuevas.

En fin, Tsessé, cavilaciones. Cantabria, como todo, también quedó atrás, aunque no terminó ahí mi viaje. Los círculos, Tsessé, siempre los círculos y sus ciclos perfectos. Cuando marché de Cantabria aún volví a ver a los chicos en Valdegovía. Esta vez estaba también Inés y entonces el reencuentro fue como volver a estar en família (ya me entiendes, esa otra familia que sí elegimos). En ese momento el triángulo de furgonetas, las botellas de vino y las ensaladas imposibles representaron el hogar, la morada segura donde reposar sensaciones. En qué distintos animales de costumbres nos convertimos cuando viajamos y con qué velocidad evolucionan esas costumbres. Risas, Tsessé, escalada y risas otra vez, justo antes de partir, carretera al sur, para volver a casa, hace apenas una semana.

Ahora miro atrás y me entristezco. Lo sé, sé lo que estás pensando. Conozco tus frases que abrazan, tu manera de empujarme a seguir sonriendo. Puedes estar tranquilo, volví diferente a cómo me fui y eso era de todo de lo que se trataba. La noche de Cambrils no tiene tantas estrellas pero ya estoy en casa, estoy bien y ahora el silencio me resulta apacible. He aceptado por fin todo aquello que tanto me había esforzado en negar y te aseguro, Tsessé, que bajar los brazos ha sido un alivio, una victoria inconmensurable.

Me voy despidiendo, Tsessé. Triste y feliz, pero me voy despidiendo. No tardes mucho en escribirme. Tengo muchas ganas de saber cómo estás, cómo te fue el viaje por Cantabria, a quién has alquilado la furgoneta, cómo te va por Cambrils.

Lulo, la belleza inútil

Si las teclas de este teclado fueran de piedra las estaría aporreando, desaforado. Escribiría en convulsiones con la esperanza de crear artefactos literarios inmediatos, explosivos, capaces de liberarme de este desasosiego que me hierve los dedos. Qué poco debo haber aprendido si aún pretendo apagar fuegos aplastando leña sobre ellos. Al final, por suerte, la realidad es más sabia y las teclitas de plástico de este ordenador portátil me inducen a la calma precisa de siempre, a esta estética estudiada de letras y de palabras, de comas y de puntos. Termino acariciando el teclado sintiéndome músico, meditando lo que escribo, revisándolo y reescribiéndolo, todavía pensando en qué estoy diciendo, sobre qué estoy escribiendo. Detecto entonces con claridad una presencia (un niño, un hombre, una mujer) que me empuja a estar aquí, hablándole a la noche. Lo siguiente es puro ritual. Me sirvo más vino, me lío otro cigarrillo y espero al habitual desplome de contenidos de donde servirme. La soledad -me dicta esa voz que acaricia teclitas- la soledad es esta bóveda de compartimentos, de habitaciones numeradas donde siempre es posible escuchar el pasado. Su relato es variable pero hoy se me incrusta en las sienes como una película de lo que ya he vivido. Quizá sea eso, al final, todo lo que tengo. De poco me sirve indagar más, como hago en las largas conversaciones conmigo mismo, o pensar en guiones para eso que voy a vivir a partir de ahora. No. Me satisface, de repente, rehusar toda estrategia. Cualquier conato de conclusión está escrito en un lenguaje indescifrable, una especie de código dinámico que se complica a medida que se resuelve. Bajar los brazos me resulta entonces un alivio victorioso, un modesto triunfo de mi pensamiento. Reviso de nuevo estas líneas y me convenzo de la bondad de su vacío. De pasar el rato: de la maravillosa inutilidad de la literatura, se trata, al fin y al cabo.