Nune, la Raíz de Dos.

Una vez tuve un perro al que llamé Dos. Quería que su nombre fuera un monosílabo, pero le puse ese nombre después de una larga meditación a medio camino entre las matemáticas y la filosofía. Su nombre largo era "raíz de dos", que sugería un primer significado puramente numérico. "Raíz de dos", aquel número que elevado al cuadrado es igual a dos. Pero mi intención era dotarle al nombre de un doble sentido. Con "raíz" quise representar el sentido de origen (la raíz de un árbol, la raíz de un problema, la raíz de un asunto), y, con "dos", resumir el concepto de dualidad (el sí y el no, el bien y el mal, la vida y la muerte). Orgulloso de mi creación poética, explicaba a todo el mundo que mi perro era la raíz de dos, es decir, el mismísimo origen de la dualidad.

Es igual de evidente que obtenía reacciones tan dispares como extrañadas, como que, al final, nunca le llamaba "raíz de dos", sino que optaba por "dos", "dosete", "dosoti", "doseto", o mil otros nombres cariñosos que, como todo el mundo que ha tenido alguna vez un animal de compañía sabe, surgen con asombrosa espontaneidad.

Hace un par de años me fui de viaje unos cuantos meses. Hace poco leí que los perros pueden llegar a entender si una despedida es más o menos duradera. Yo traté de explicárselo, pero no supe hacerlo, o Dos no lo comprendió. Lo dejé en una casa dónde había una manada de diez perros, una manada sana con machos y hembras jóvenes, adultos y alegres que lo distraerían, en una casa en pleno contacto con la naturaleza, y con una dueña cariñosa y bondadosa que los cuidaría.

Pero mi Dosete decidió un día que la pena era superior a la esperanza, y en uno de los paseos de aquella manada, mientras yo cogía un vuelo que me llevaba de México a Cuba, no volvió. Ni carteles, ni actualizaciones del chip, ni búsquedas en las perreras. No se supo nada más de él.

Dos era ya un perro viejo, con dificultades en la espalda, y unas cataratas que a menudo amenazaban con convertirse en ceguera. A día de hoy no puedo estar seguro de que alguien lo recogiera, pero mi intuición me dice algo muy diferente. Tengo la convicción, por muy dura que resulte, de que, traumado en exceso por mi ausencia, Dos decidió apartarse a un lugar cálido, a un lugar discreto y silencioso, y se limitó a dejarse morir.

Es triste, es tristísimo, y hoy revivo esa escena con claridad. No son pocas veces las que la he visualizado, las que la he soñado. Pero han pasado ya más de dos años desde aquella pérdida, y hoy es la primera vez que consigo escribir sobre ella, que consigo escribir sobre él, desde y hacia él, dedicado a él.

Siempre he sido muy lento en mis reacciones emocionales. Ya ni siquiera me culpo por ello. Pero hoy, mi Dosete, lloro por tí. Lloro por tí y lloro contigo como si te estuviera viendo en ese trance de muerte solitario y silente. Fui yo quién te abandonó, fui yo quién te empujé a morir. Y ahora, herido por ese y todos los errores que he cometido en mi vida, te lloro y te escribo llorando desde todos los duelos que me han sucedido. Todos esos duelos que, de esa manera tan extraña y terrible, parecen ser al final todos el mismo.

Lulo, los arquitectos del sistema

Esta es una carta dirigida a los arquitectos últimos (o los primeros, piénsese como se quiera) del sistema de variaciones sobre el que se sustentan las emociones de las personas. Mal. Muy mal. Sepan ustedes que lo hicieron muy mal. ¿En qué coño estaban pensando cuando lo diseñaron? Les hablo (ustedes lo saben bien, no se hagan los suecos), del mecanismo que rige los estados de amor y de desamor, de júbilo y de sufrimiento, de placer y de dolor; en última instancia, de felicidad y de infelicidad. ¿No vieron ustedes las profundas incoherencias que implementaron en su algoritmo? Esa dualidad constante y desequilibrada, impredecible y erosionadora sobre la cual han organizado ustedes los estados de ánimo de las personas es, sin lugar a dudas, el peor despropósito que jamás haya sido acometido. Por culpa de su más irresponsable incompetencia, y por culpa de haberla ejercido desde una posición de poder tan notoriamente exagerada como fatídica, ahora resulta que las vidas humanas deben ir sorteando a ritmos tan dispares como disparatados una suerte de lotería malvada que los sacude (sin parámetros tan justificables como la lógica, la justicia o la mera belleza) desde los escenarios más cálidos y soleados, hasta los más gélidos y tormentosos, sin espacio para la asimilación o la coherencia, por no hablar de términos que ustedes no alcanzarían a entender ni en varias eternidades como la sensibilidad, el tacto, o la delicadeza. Y no se les ocurra argumentar que en esa incoherencia radica la gracia del programa, porque saben ustedes perfectamente que obtendrán de inmediato la más airada de las reacciones de más población mundial de la que jamás alcancen a imaginar. Por el amor de Dios, ¿es que no hubo nadie que los supervisara? Por su culpa ha quedado a merced de los usuarios del sistema (ni más ni menos que la entera humanidad) la responsabilidad de sufrir sus azotes y sus desplantes sin que pueda uno ni acostumbrarse a unos ni prevenirse de los otros, y, para colmo, sin la menor de las garantías exigibles para una existencia justa, placentera y serena. Se lo vuelvo a repetir. Mal, muy mal, lo hicieron ustedes muy mal. Me pregunto si es que aquella mañana en la que redactaron esos desafortunados estatutos de la felicidad humana, llegaron ustedes a la oficina con resaca, dolor de muelas o jaqueca, o si es que, así como les sucede a muchos funcionarios cuando se produce el cambio de turno, perdieron la perspectiva del asunto, y lo abandonaron todo a la mano de Dios, sin esmerarse lo más mínimo en una tarea que, no tengan el valor de negarlo, requería la más estricta de las meticulosidades. ¿O no es cierto que el sistema que ustedes instauraron lleva siendo criticado desde Sófocles, y aún no han tenido el valor de decir esta boca es mía? Por favor, ¿no se dan cuenta de cuántas vidas se están arruinando por momentos? No miren hacia otro lado. Asuman su responsabilidad. ¿O cuánto más vamos a tener que sufrir las consecuencias del más flagrante e histórico de los escaqueos jamás vistos? No se escondan por más tiempo, hagan el favor. Por una vez en su pusilánime vida de senadores vitalicios y aforados, hagan el favor de trabajar para la humanidad, y vuélvanse a sentar en sus despachos para enmendar su error más terrible. Documéntense, observen a su alrededor. Dialoguen, valoren, discutan. Contraten especialistas. Pero, por favor, redacten de una vez un nuevo sistema que por fin nos satisfaga a todos. No lo demoren por más tiempo. Son demasiadas las personas cuya existencia depende de ello.

El señor Sú, escribir

El señor Sú daba pasos sencillos, sin demasiada prisa ni demasiada calma, como más o menos hace todo el mundo si es que no tiene algo por dentro que le arde, o que está demasiado frío. Caminaba de esa manera mientras desplazaba la mirada de una dirección a otra, sin detenerse a estudiar demasiado ningún vértice, ningún punto, ni ningún ángulo concreto, como más o menos hace todo el mundo cuando recorre los mismos trayectos de siempre. Caminaba y miraba de esa manera y notaba entonces cómo la mente se le esparcía en corrientes, en ráfagas de una brisa intermitente que la arrastraban de un lugar a otro, como más o menos hacen los dedos cuando se deslizan sobre las pantallas táctiles de los teléfonos móviles. Caminaba y observaba y se dejaba pensar de esa manera cuando también entonces notaba impulsos y contracciones que provenían de algún lugar del estómago o de los pulmones, y en cada intersiticio su respiración le sugería frases concretas, intuiciones precisas como "la cámara enfoca unos segundos a una niña que juega", "una iglesia iluminada preside el paseo de un pueblo de mar", o similares. Los recuerdos y las imágenes tardaban poco en marcharse, pero indicaban siempre algún tipo de síntesis simple, una reflexión o expresión pura, con predisposición espontánea para sublimarse en belleza. Cuando todo esto ocurría el señor Sú sabía que tenía que escribir. Que quizá hiciera demasiados días que no lo hacía, que eso que llamaban la inspiración le había vuelto a azotar quién sabía por qué, y que no había nada más necesario e inajornable que volver a su casa, a la intimidad de su flexo, su pantalla y su teclado, y escribir.

Nune, los búfalos

Para Nune hubo un tiempo en que la efervescencia era subirse a un búfalo, galopar sobre sus lomos durísimos por el desierto, y surcar con violencia la arena de las dunas. Vencer al mundo consistía entonces en pisotear el pasado con la intransigencia de la libertad, y desafiar los abismos montada en el placer de la velocidad. No había nada comparable a aquella sensación. Frente a ella se dibujaban todos los horizontes posibles, todos increíbles a la vez, todos aún por descubrir, y ella podía dirigirse a cualquiera de ellos sin el menor temor a equivocarse. Y sí, había que reconocerlo, las cosas habían cambiado y ahora, desde algún lugar del paso del tiempo, las dulzuras, los paseos lentos, las lecturas plácidas o las escuchas tranquilas oponían cierto tipo de resistencia. Pero las músicas, las urgencias, los golpes de aquello tan parecido a la animalidad no habían desparecido, y encerradas o reprimidas por momentos, ahora volvían a exigirle una salida al exterior, un vuelo de regreso hacia aquellas vísceras y hacia aquel búfalo, explosivo y entusiasta, que le devolviera de una vez por todas todo lo que el vacío se había cobrado.

Lulo, las noches de mierda

Descibirla ya resultaba de antemano una empresa sucia, un ejercicio oscuro, además de tenso. La noche de mierda, se le ocurrió llamarla, a pesar de que recordara otras imágenes como los granos de arena estrellados con violencia sobre su cara y sobre sus manos, o el caminar torpe y casi imposible empujado por aquel viento humillante y sobre aquel pavimento resbaladizo y equívoco, en una escena donde solo faltaba la lluvia para convertirse en la escena de mierda perfecta. Es verdad que después de las quiebras y los desgarros reconsideró la situación léxica y se planteó recordarla como la noche del gran despropósito, del círculo cerrado de inercias, que de tan pesadas y dolorosas, casi la invalidaban como noche, y la conducían hacia un auténtico entierro, un pisoteo enfurecido de desprecio, o una erradicación agresiva de la memoria. Al final, sin embargo, había que ser, por una vez, sincero con uno mismo. La noche de mierda era, sin duda, la más irresistible, la más acertada y espontánea, la más original, la más correcta de las definiciones.