Lulo, la belleza inútil

Si las teclas de este teclado fueran de piedra las estaría aporreando, desaforado. Escribiría en convulsiones con la esperanza de crear artefactos literarios inmediatos, explosivos, capaces de liberarme de este desasosiego que me hierve los dedos. Qué poco debo haber aprendido si aún pretendo apagar fuegos aplastando leña sobre ellos. Al final, por suerte, la realidad es más sabia y las teclitas de plástico de este ordenador portátil me inducen a la calma precisa de siempre, a esta estética estudiada de letras y de palabras, de comas y de puntos. Termino acariciando el teclado sintiéndome músico, meditando lo que escribo, revisándolo y reescribiéndolo, todavía pensando en qué estoy diciendo, sobre qué estoy escribiendo. Detecto entonces con claridad una presencia (un niño, un hombre, una mujer) que me empuja a estar aquí, hablándole a la noche. Lo siguiente es puro ritual. Me sirvo más vino, me lío otro cigarrillo y espero al habitual desplome de contenidos de donde servirme. La soledad -me dicta esa voz que acaricia teclitas- la soledad es esta bóveda de compartimentos, de habitaciones numeradas donde siempre es posible escuchar el pasado. Su relato es variable pero hoy se me incrusta en las sienes como una película de lo que ya he vivido. Quizá sea eso, al final, todo lo que tengo. De poco me sirve indagar más, como hago en las largas conversaciones conmigo mismo, o pensar en guiones para eso que voy a vivir a partir de ahora. No. Me satisface, de repente, rehusar toda estrategia. Cualquier conato de conclusión está escrito en un lenguaje indescifrable, una especie de código dinámico que se complica a medida que se resuelve. Bajar los brazos me resulta entonces un alivio victorioso, un modesto triunfo de mi pensamiento. Reviso de nuevo estas líneas y me convenzo de la bondad de su vacío. De pasar el rato: de la maravillosa inutilidad de la literatura, se trata, al fin y al cabo.