Hubo un tiempo en que Lulo y Nune salían a andar. La mejor época era la primavera, cuando el cambio horario desplazaba de un golpe las horas de luz y el anochecer se demoraba hasta las ocho y media, o las nueve. A veces, en el apartamento de playa donde vivían, les bastaba con una mirada para entenderse. El recuerdo de los meses de invierno aún estaba presente en las rutinas y la luz que entraba por el balcón los despertaba de ese letargo acumulado. El sol se ponía por el lado contrario pero se adivinaba su fuerza con facilidad. Conocían sus agendas mútuas y si ninguno de los dos tenía ocupaciones, entonces sabían que la tarde era propicia. La expresión de sus rostros, de sus cuerpos flotantes y deseosos era suficiente, y quizá un arqueo de cejas de él, o una inmovilidad de ella en el centro del comedor, resolvía el asunto en un solo instante. ¿Vamos a caminar? Diría ella. Vamos a caminar, respondería él.
Quizá en la impaciencia de él o en la prisa en cambiarse de ella olvidarían besarse, pero a los dos les alegraba ese mútuo acuerdo y no tardarían en hacerlo. Bajaban las escaleras hacia el portal que comunicaba con la misma playa y siempre tomaban la misma dirección, hacia la derecha, hacia donde el paseo serpenteaba con las palmeras a un lado y la lánguida playa al otro. Sería un martes o un miércoles de abril o de mayo, y el turismo aún era leve. Empezaban un conversación intrascendente y dejaban que el ritmo tenue de la travesía les avivara la sangre. Compartían silencios, contemplaban el aire y repasaban los temas de siempre. Quizá en aquella serenidad residía el amor, pensaba él, el verdadero afecto que había trascendido las pasiones, las urgencias del enamoramiento. Cuando llegaban al final del paseo se sentaban en uno de los bancos que daba a un pequeño parque para niños. En ese momento siempre se abrazaban, se besaban lentamente, y quizá ella decía Te quiero, o él insistía en sus bromas sobre lo guapa que le parecía.
El regreso era un ascenso hacia dos espacios que convergían. Un camino imantado que desharía el paseo y que terminaría en la cama, en el sofá, o en cualquiera de los lugares donde hacer el amor resultara apropiado. Quizá ella lo empujaría hacia la habitación, o quizá fuera él quien la desnudase en el pasillo. Poco importaba. Se besaban y se abrazaban y se envolvían en un privilegio, en una necesidad de cuerpos activos, de lenguas y manos y pechos y piernas, de ángulos donde él la admiraba, de dominaciones sexuales a las que los dos jugaban.
Quizá en la impaciencia de él o en la prisa en cambiarse de ella olvidarían besarse, pero a los dos les alegraba ese mútuo acuerdo y no tardarían en hacerlo. Bajaban las escaleras hacia el portal que comunicaba con la misma playa y siempre tomaban la misma dirección, hacia la derecha, hacia donde el paseo serpenteaba con las palmeras a un lado y la lánguida playa al otro. Sería un martes o un miércoles de abril o de mayo, y el turismo aún era leve. Empezaban un conversación intrascendente y dejaban que el ritmo tenue de la travesía les avivara la sangre. Compartían silencios, contemplaban el aire y repasaban los temas de siempre. Quizá en aquella serenidad residía el amor, pensaba él, el verdadero afecto que había trascendido las pasiones, las urgencias del enamoramiento. Cuando llegaban al final del paseo se sentaban en uno de los bancos que daba a un pequeño parque para niños. En ese momento siempre se abrazaban, se besaban lentamente, y quizá ella decía Te quiero, o él insistía en sus bromas sobre lo guapa que le parecía.
El regreso era un ascenso hacia dos espacios que convergían. Un camino imantado que desharía el paseo y que terminaría en la cama, en el sofá, o en cualquiera de los lugares donde hacer el amor resultara apropiado. Quizá ella lo empujaría hacia la habitación, o quizá fuera él quien la desnudase en el pasillo. Poco importaba. Se besaban y se abrazaban y se envolvían en un privilegio, en una necesidad de cuerpos activos, de lenguas y manos y pechos y piernas, de ángulos donde él la admiraba, de dominaciones sexuales a las que los dos jugaban.