Y qué, si de nuevo me dedico a escribir una lista, un desplegable caduco que capture las lágrimas, las presiones en el pecho y los ojos, o los recuerdos que insisten en que sí, en que todo aquello fueron tiempos felices. Porque no soy capaz de mentirme. Todo lo relacionado con ella está ahora envuelto en una burbuja intocable que se aleja como una mentira redactada a destiempo, hecha de pasado, de película que no termina de acabarse. Lo sé, el paso del tiempo sosiega y acerca el núcleo a su guarida, igual que el tránsito entre ajetreos, entre distracciones y éxodos, dibuja en el aire trazos abstractos, direcciones y necesidades. Pero soy, también lo sé, el último responsable de mis líneas de tiempo, el más libre dueño de ellas. Si la tarde es densa e innecesaria, yo no quiero saber mentirme. No quiero fingir que no la alcanzo por momentos, que no rescato su aliento, que no estoy donde ella, esté donde esté, lo que me queda de ella. Aunque solo sea mientras escribo estas líneas, renuncio a vivir y la recuerdo a ella.