El señor Sú, la tarde

La tarde establece tránsitos lánguidos. La siesta atenúa los propósitos de la mañana y el ensueño nocturno aún es lejano. Estoy en la playa. Montar en la bici, atarla a un árbol, entrar en el mar, volver a la arena, fumar un cigarrillo, abrir un libro, cerrar los ojos. El ritual de siempre. Me pongo las gafas de sol y medito. No despacho pensamientos, ni me dejo llevar por visiones. Hoy me dedico a abrazar recuerdos. Los que entristecen, los que alivian, los que afloran por sí solos. No les juzgo, ni me enfrento a ellos. Son mis fracasos, mis éxitos, mi realidad y también mi esperanza. Hago como explican que debe hacerse y antes de dejar partir todo aquello que duele, primero lo acojo, lo escucho y lo razono. Siempre hay una manera de cambiarle la forma a los pensamientos. De repente me recuerdo hace veinte años. Entonces también meditaba, aunque de otra manera. Me pregunto qué es lo que realmente ha cambiado desde entonces. Sigo observándome con la actitud de un estadista. Las estampidas, las dulzuras, los deseos solapados. Todo eso vive en mí. Yo soy todas esas voces, todas esas habitaciones. Me escucho, me tolero, me intuyo y me comprendo, todo a la vez y sin ningún propósito más allá de estas respiraciones, de esta inspiración consciente con mi latido de fondo. Respirando percibo eso que soy cuando nadie me mira. Expulso el aire ensuciado y vuelvo a inspirar. Cierro los ojos y ahora sí, me pierdo en visiones que me sugiero. El barrido de las olas suena a ritmos irregulares. Subo un poco el mentón y dirijo mi rostro hacia el sol. Por un momento me creo capaz de abarcar por completo la complejidad de la mente. Parece tan sencillo que debe de serlo.