Lulo entendió que el
suyo sería un proceso irregular, una sucesión imprevisible de
intensidades. Sus rutinas apenas cambiaron, ni tampoco lo hicieron sus
pensamientos. Solo de vez en cuando, muy localizados detrás del
cuello, sentía unos ascensos repentinos de algo que se parecía
mucho a la obligación, como si algo o alguien le estuviera dictando
de qué manera debía sentirse. Sin embargo, le resultaba sencillo
librarse. Somos animales de costumbres, se repetía. Y el dolor es
siempre transitorio.