Nune, las sombras

Nune percibe en las sombras la esencia de quién las proyecta. Esta capacidad de inversión de contenidos la mantiene atentísima a todo cuánto la rodea. Si las formas son claras, polígonos sencillos a veces incluso fácilmente nombrables, entonces la experiencia es agradable. Es como si captara la historia de los objetos, casi como si pudiera leer en su sombra sus recuerdos y, por lo tanto, todo el recorrido de sus emociones. No está al alcance de cualquiera entender la postura estricta de una farola, o la obstinada impaciencia de una bandera que ondea al viento.

Nune percibe en sus sombras sus rasgos más íntimos, y distingue entre objetos distintos, porque todos los objetos son distintos. La sombra de arrepentimiento de una taza de té sobre la mesa de una terraza no tiene nada que ver con la firmeza inequívoca de la misma taza, apenas dos horas después, cuando el sol está a punto ya de marcharse, y las figuras maduran en longitudes distintas, sobre la misma mesa, en la misma terraza. Nune es sensible también a estos cambios, y se deleita en observarlos. Sus ojos se pierden en algún punto inconcreto, y entonces ya es obvio que ha entrado en alguna de sus lecturas. A veces se emociona, a veces se enfada, y a veces también -por supuesto- se aburre.

Solo a veces, cuando la exigencia geométrica es demasiado alta, hay una ruptura entre la conexión de Nune y las sombras. Las redes cartesianas de rejas, barandillas y barrotes, o las inverosímiles combinaciones de algunos perfiles, terminan provocando inabarcables posibilidades que superan la capacidad de Nune. En esos casos se ofusca, se la ve negar con la cabeza repetidas veces, cambiar de postura de manera inquieta, o exigir cambiar de lugar, o seguir caminando. Lo sabe, ella lo sabe. Sabe que no hay manera de evitar esas sombras. Pero sabe también que no hay entrenamiento que pueda cambiar las sensibilidades.