Que la vida es un Tetris le parece a Lulo un modelo interesante. Al fin y al cabo, vivir se parece a veces a colocar piezas tratando de formar combinaciones hermosas, que tanto pueden simplificar las cosas y darnos puntos, como resultar en marañas incomprensibles que llegan a estresarnos con la amenaza de un Game Over definitivo. Ocurre también que nos creemos la fantasía de sentirnos dueños del desarrollo del juego, cuando es irrefutable que el azar juega un papel determinante. Una objeción lúcida en cambio, sería argumentar que, al contrario que en el juego, quizá las piezas caigan con más lentitud a medida que pasan los años. Sin embargo, Lulo sostiene que el principal inconveniente de la metáfora reside en la banda sonora. Esa melodía rusa enfermiza e inquietante debiera ser cambiada por una mezcla heterogénea de músicas cambiantes, a veces pacificadoras y placenteras, a veces exultantes o armoniosas, o a veces incluso silentes, como si algo o alguien decidiera que durante un tiempo ya no deben caer más piezas, en una especie de pausa durante el juego, de calma después de la tormenta, de paz antes de la batalla.