El conflicto de Nune en las conversaciones era complejo. Por una parte, analizaba las frases que escuchaba desde un punto de vista estrictamente semántico, como si todo pudiera deducirse de la literalidad. En esa actividad encontraba intersticios donde se divertía, insinuaciones que se desviaban, contrasentidos, o informaciones que aparecían veladas. Era, por así decirlo, un ejercicio puramente mental. Sin embargo, no podía evitar fijarse también en todo aquello que llaman el paralenguaje: las modulaciones de la voz, la gestión de los silencios, el peso asignado a cada palabra. Si la conversación era un diálogo y el tema se mantenía constante, la lectura resultaba más o menos sencilla. Era en las conversaciones de grupo donde la multiplicidad de variables y giros temáticos lo complicaba todo. Si solo se fijaba en los matices, entonces tenía la sensación de que había una segunda conversación detrás de la verbal. Ese pozo sin fondo de los afectos era sin duda mucho más interesante, pero también más difícil. Por eso a ratos volvía a los otros análisis, los que no se movían del plano racional, no solo para tomar aire y descansar, sino a menudo también para no perder el hilo. Era, en definitiva, una escucha atenta y al mismo tiempo dispersa, que andaba frívola sobre lo racional, y concienzudamente empática sobre lo emocional. El único momento en que todos los canales se cerraban era cuando le tocaba intervenir. Rechazada la posibilidad de hablar y escucharse al mismo tiempo, encontraba también fascinante la elección de sus propias frases. Desde el enfoque mental se preguntaba de qué lugar exacto provenían sus palabras. Desde el emocional pasaba lo mismo. De vez en cuando asomaban a su discurso luces, sombras o reflejos que aún no había percibido. Tanta riqueza en las lecturas, tanta profundidad en las interpretaciones, terminaban dejándola satisfactoriamente exhausta. Afortunadamente, la comunicación entre personas era una fuente de conocimiento que no daba indicios de tener fin.