Anoche viví una transformación sensible. Eran las seis, seis y media de la mañana y volvía a casa después de una fiesta en la playa. Gente, copas, conversaciones efímeras y bailes descalzos, y después bicicleta y paseo marítimo, muy a lo anuncio de Estrella Damm. Antes de subir a casa me paré en la playa y, con la mente aún vaporosa, observé los tonos que la luz proponía. Quizá porque el cielo estaba nublado, los colores convergían de un modo calmado. El negro indistinto daba paso a unos grises nostálgicos, transversales y diversos, poco habituales. Todo lo que la noche había escondido renacía afectado de sutilezas nuevas, inéditas en verano. La lección cromática era significativa. Los impacientes solemos esperar a que los ciclos se sucedan con cambios de plano instantáneos. Pero no suele ser así. El fin de un proceso viene ajustado por largas esperas, con la parsimonia de las progresiones lentas. Eso fue lo que comprendí. Meses después de esforzarme en luchar, de golpear los moldes del escenario para forzar cambiarlo, percibí el cambio como el culmen de una ceremonia. Las etapas de dolor habían llegado a su fin cuando menos lo esperaba, de la manera que menos esperaba. En ese momento, la idea del tiempo se me antojó diáfana. La línea del horizonte, obstinada y planísima, me guiñaba el ojo y sostenía el mar, tranquilo y sonriente. Pasaron los minutos y la cruda mañana amenazaba el lapso. Hambriento, subí a casa. Hoy, hace un momento, he vuelto al mismo lugar de anoche. Una banda de jazz cantaba a Nina Simone. Todavía les oigo desde el balcón. Creo que el cambio se ha consumado, porque el mundo me parece ahora una sucesión de bellezas, un cúmulo de partículas hermosas que lo cubren todo.