Nune, la soledad

La soledad es un haz de planos superpuestos. Encima de ellos hay un silencio inmutable y hermoso, al que solo interrumpen los pensamientos. Su danza arbitraria y geométrica nos muestra entonces una cara u otra, según en qué punto nos coloquemos. Es nuestra elección moldear su estructura. Cuando la mente no calla o no elige bien sus delirios, el silencio es pesado y la soledad es un inhóspito enjambre de pérdidas. El nido de cráteres enquilosados se parece entonces a un pulso obsesivo con las tinieblas. Por suerte, la luz está siempre a la vuelta de la esquina. El observador sabio y compasivo, el que elige salvaje y correctamente, desliza entonces el centro de coordenadas y se sitúa en mejor posición. De la intuición coherente aflora una dicha más pura y se puede sentir el amor a uno mismo. En ese momento la soledad es un polígono rico en frecuencias, en espacios mentales donde no hay errores, dolor, ni contradicciones. Ese, y no otro, es el aprendizaje último del ser humano. La soledad. Los demás (la sociedad, el amor) son un mero reflejo de ella. Y la calidad de los unos depende de la consistencia de la otra.