Lulo, la erudición ajena.

Cuando Lulo leía a esos autores que saben tanto de literatura, que dan referencias y símiles de otros textos y otros autores, muy a lo Borges, o Vila-Matas, topaba siempre con el punto de análisis de la ignorancia, del asentir casi temerario, cuando uno cree que aprende, cuando en realidad solo observa. Con esos autores la lectura era más un proceso de análisis que de gozo -por así decirlo- y se sentía gravemente inferior. Ese era, de todas formas, el principal aliciente pues, ¿quién no vierte su arrogancia cuando lee, cuando escucha historias ajenas, más ávido de empatizar con la propia experiencia, que pendiente de los nuevos aprendizajes? Lulo era egocéntrico y egocentrista, como todos los que acuden a las conversaciones deseosos de participar, más que de escuchar. Y por eso en aquellas dosis de intelectualidad pasiva obtenía el placer humilde del alumno, la mano en el pecho que sosiega, la brisa silente que enmudece.