Tampoco parece demasiado
irresponsable pensar que nos limitamos a ser sentencias dejadas ir,
combinaciones verbales expulsadas de algo o de alguien, como voces
lanzadas al aire a la espera de ser recogidas, las más afortunadas
también amadas. Yo, que cuando comprendo nunca lo hago en silencio,
he dejado ir (a veces resulto incomprensible, también lo sé) tantos
vectores, que si es verdad que un atractor (este sí, silencioso) lo
está esperando todo en algún lugar de entre todas las bibliotecas,
entonces al menos por un instante (ese magnífico centro que, también
lo sé, ni siquiera es probable que exista) no escucharé otro
lenguaje que el sentir, que el sentir como si todo mi ser se
concentrara en un levísimo acceso que me respirase, o en una de esas
carcajadas implícitas que suceden en los ojos, o quién sabe (y qué
más da, ponerse ahora a definirlo), como si fuera de verdad cierto
todo aquello que se queda siempre fuera de las palabras.