El señor Sú y las cosas que dicen los niños

Cuando el señor Sú escuchó por primera vez la palabra desaprender, la impresión que le causó fue más bien de escepticismo. Con todos los aprendizajes que había acumulado en tantos años de experiencias, de qué demonios le iba a servir ahora desaprenderlos, se decía. Sereno, paseaba su perra por las calles del barrio, unas veces adentrándose en las manzanas urbanas del interior del pueblo, otras recorriendo el paseo marítimo dejando vagar su mirada entre los barcos, la playa, o cielo. El efecto, sin embargo, fue irreparable, porque a partir de un determinado momento, las referencias a los posibles significados de la palabra empezaron a abundar en su entorno. Sus colegas de profesión le hablaban de lo importante de borrar de la memoria los prejuicios y creencias previas, en un espectáculo de danza escuchó razonar la necesidad de eliminar automatismos aprehendidos por inercia, y en conversaciones con sus amigos observaba cómo la rigidez en determinados pensamientos impedía posibilidades de abertura a otros caminos. Continuaba los paseos diarios con su perra por los mismos lugares de siempre, pero algo en el núcleo de sus convicciones había cambiado. Una tarde, en el supermercado, esperaba su turno detrás de un niño de unos cinco años que acompañaba a su madre. Después de colocar la compra dentro de las bolsas, el niño, ocioso, enseñó el tiquet a su madre, y le dijo: "Mamá, el número siete está triste". Entre la cajera, la madre y el señor Sú, se produjo entonces un momento de complicidad y ternura: qué cosas dicen los niños, a esta edad son terribles, etcétera. Quien ya conoce al señor Sú sabe que sus afectos varían cuasi aleatoriamente de un campo a otro, y lo que una percepción trivial pudiera juzgar como obsesión temporal o impulsiva, en él puede convertirse en el más poético de los idilios. Aquella tarde en la cola del supermercado, el señor Sú advirtió que, la infancia, no solo era el lugar exacto al que pretendía dirigir el desaprendizaje, sino que representaba la fuente espontánea de las más pura de las poesías. Decir cosas que diría un niño, se dijo. Y con la decisión y el apasionamiento que le caracterizaban, a partir de ese momento, empezó a apuntar en su bloc de notas todas las frases que se le ocurrían, con la única condición de que pudieran ser dichas por un niño.