Lulo, las noches de mierda

Descibirla ya resultaba de antemano una empresa sucia, un ejercicio oscuro, además de tenso. La noche de mierda, se le ocurrió llamarla, a pesar de que recordara otras imágenes como los granos de arena estrellados con violencia sobre su cara y sobre sus manos, o el caminar torpe y casi imposible empujado por aquel viento humillante y sobre aquel pavimento resbaladizo y equívoco, en una escena donde solo faltaba la lluvia para convertirse en la escena de mierda perfecta. Es verdad que después de las quiebras y los desgarros reconsideró la situación léxica y se planteó recordarla como la noche del gran despropósito, del círculo cerrado de inercias, que de tan pesadas y dolorosas, casi la invalidaban como noche, y la conducían hacia un auténtico entierro, un pisoteo enfurecido de desprecio, o una erradicación agresiva de la memoria. Al final, sin embargo, había que ser, por una vez, sincero con uno mismo. La noche de mierda era, sin duda, la más irresistible, la más acertada y espontánea, la más original, la más correcta de las definiciones.