Esta es una carta dirigida a los arquitectos últimos (o los primeros, piénsese como se quiera) del sistema de variaciones sobre el que se sustentan las emociones de las personas. Mal. Muy mal. Sepan ustedes que lo hicieron muy mal. ¿En qué coño estaban pensando cuando lo diseñaron? Les hablo (ustedes lo saben bien, no se hagan los suecos), del mecanismo que rige los estados de amor y de desamor, de júbilo y de sufrimiento, de placer y de dolor; en última instancia, de felicidad y de infelicidad. ¿No vieron ustedes las profundas incoherencias que implementaron en su algoritmo? Esa dualidad constante y desequilibrada, impredecible y erosionadora sobre la cual han organizado ustedes los estados de ánimo de las personas es, sin lugar a dudas, el peor despropósito que jamás haya sido acometido. Por culpa de su más irresponsable incompetencia, y por culpa de haberla ejercido desde una posición de poder tan notoriamente exagerada como fatídica, ahora resulta que las vidas humanas deben ir sorteando a ritmos tan dispares como disparatados una suerte de lotería malvada que los sacude (sin parámetros tan justificables como la lógica, la justicia o la mera belleza) desde los escenarios más cálidos y soleados, hasta los más gélidos y tormentosos, sin espacio para la asimilación o la coherencia, por no hablar de términos que ustedes no alcanzarían a entender ni en varias eternidades como la sensibilidad, el tacto, o la delicadeza. Y no se les ocurra argumentar que en esa incoherencia radica la gracia del programa, porque saben ustedes perfectamente que obtendrán de inmediato la más airada de las reacciones de más población mundial de la que jamás alcancen a imaginar. Por el amor de Dios, ¿es que no hubo nadie que los supervisara? Por su culpa ha quedado a merced de los usuarios del sistema (ni más ni menos que la entera humanidad) la responsabilidad de sufrir sus azotes y sus desplantes sin que pueda uno ni acostumbrarse a unos ni prevenirse de los otros, y, para colmo, sin la menor de las garantías exigibles para una existencia justa, placentera y serena. Se lo vuelvo a repetir. Mal, muy mal, lo hicieron ustedes muy mal. Me pregunto si es que aquella mañana en la que redactaron esos desafortunados estatutos de la felicidad humana, llegaron ustedes a la oficina con resaca, dolor de muelas o jaqueca, o si es que, así como les sucede a muchos funcionarios cuando se produce el cambio de turno, perdieron la perspectiva del asunto, y lo abandonaron todo a la mano de Dios, sin esmerarse lo más mínimo en una tarea que, no tengan el valor de negarlo, requería la más estricta de las meticulosidades. ¿O no es cierto que el sistema que ustedes instauraron lleva siendo criticado desde Sófocles, y aún no han tenido el valor de decir esta boca es mía? Por favor, ¿no se dan cuenta de cuántas vidas se están arruinando por momentos? No miren hacia otro lado. Asuman su responsabilidad. ¿O cuánto más vamos a tener que sufrir las consecuencias del más flagrante e histórico de los escaqueos jamás vistos? No se escondan por más tiempo, hagan el favor. Por una vez en su pusilánime vida de senadores vitalicios y aforados, hagan el favor de trabajar para la humanidad, y vuélvanse a sentar en sus despachos para enmendar su error más terrible. Documéntense, observen a su alrededor. Dialoguen, valoren, discutan. Contraten especialistas. Pero, por favor, redacten de una vez un nuevo sistema que por fin nos satisfaga a todos. No lo demoren por más tiempo. Son demasiadas las personas cuya existencia depende de ello.