El señor Sú daba pasos sencillos, sin demasiada prisa ni demasiada calma, como más o menos hace todo el mundo si es que no tiene algo por dentro que le arde, o que está demasiado frío. Caminaba de esa manera mientras desplazaba la mirada de una dirección a otra, sin detenerse a estudiar demasiado ningún vértice, ningún punto, ni ningún ángulo concreto, como más o menos hace todo el mundo cuando recorre los mismos trayectos de siempre. Caminaba y miraba de esa manera y notaba entonces cómo la mente se le esparcía en corrientes, en ráfagas de una brisa intermitente que la arrastraban de un lugar a otro, como más o menos hacen los dedos cuando se deslizan sobre las pantallas táctiles de los teléfonos móviles. Caminaba y observaba y se dejaba pensar de esa manera cuando también entonces notaba impulsos y contracciones que provenían de algún lugar del estómago o de los pulmones, y en cada intersiticio su respiración le sugería frases concretas, intuiciones precisas como "la cámara enfoca unos segundos a una niña que juega", "una iglesia iluminada preside el paseo de un pueblo de mar", o similares. Los recuerdos y las imágenes tardaban poco en marcharse, pero indicaban siempre algún tipo de síntesis simple, una reflexión o expresión pura, con predisposición espontánea para sublimarse en belleza. Cuando todo esto ocurría el señor Sú sabía que tenía que escribir. Que quizá hiciera demasiados días que no lo hacía, que eso que llamaban la inspiración le había vuelto a azotar quién sabía por qué, y que no había nada más necesario e inajornable que volver a su casa, a la intimidad de su flexo, su pantalla y su teclado, y escribir.