Nune, los búfalos

Para Nune hubo un tiempo en que la efervescencia era subirse a un búfalo, galopar sobre sus lomos durísimos por el desierto, y surcar con violencia la arena de las dunas. Vencer al mundo consistía entonces en pisotear el pasado con la intransigencia de la libertad, y desafiar los abismos montada en el placer de la velocidad. No había nada comparable a aquella sensación. Frente a ella se dibujaban todos los horizontes posibles, todos increíbles a la vez, todos aún por descubrir, y ella podía dirigirse a cualquiera de ellos sin el menor temor a equivocarse. Y sí, había que reconocerlo, las cosas habían cambiado y ahora, desde algún lugar del paso del tiempo, las dulzuras, los paseos lentos, las lecturas plácidas o las escuchas tranquilas oponían cierto tipo de resistencia. Pero las músicas, las urgencias, los golpes de aquello tan parecido a la animalidad no habían desparecido, y encerradas o reprimidas por momentos, ahora volvían a exigirle una salida al exterior, un vuelo de regreso hacia aquellas vísceras y hacia aquel búfalo, explosivo y entusiasta, que le devolviera de una vez por todas todo lo que el vacío se había cobrado.